jueves, 9 de diciembre de 2010

El parque (parte 1)


Mis pies se desplazan en zig zag siempre hacia el parque. Detrás de la gruta, los árboles cobran vida y ahora son ellos los que se desplazan hacia mí, hasta convertirse en... ¿Personas?
Para mí no son personas. Siguen siendo árboles, de cuyas ramas se desprenden hojas secas en un otoño eterno, que luego morirán como en un incendio forestal dentro de sus bocas. Esos árboles tóxicos, dentro de cuyos troncos encuentras todas las sensaciones del mundo. Una savia transparente y hongos multicolores que caen al suelo y alimentan el color del parque. Porque es ése. Ése parque de riachuelos que se evaporan y una blanca neblina que todo el año está alli. Es el bosque prohibido. El bosque sin dueño en el que todos nos encontramos cuando nos perdemos. Cuando nos desviamos de la ruta. Es el parque del amor, el parque de la muerte, el parque de la discordia y el desamor. El parque de la felicidad. El parque del vacío.
Salí ya del limbo y ahora estoy allí, en el parque. Mi destino a mi maldad.
Y mi condena es eterna. Debo llevar los cuerpos al parque. Los cuerpos moribundos de estos mortales insensatos que pecaron, como yo. Tengo que enterrarlos allí, bajo los árboles de las mil sustancias. Bajo los siete pecados capitales. Bajo la sombra de mi señor, que no es ni el diablo, ni dios. Bajo mi cristalino señor de los ríos evanescentes, bajo su hechizo que te hace sonreír