martes, 24 de noviembre de 2009

Alguien


Me estoy hundiendo en las tinieblas, lentamente. La gargantta seca, mis pies sin poder desplazarme.
Me recuesto en mi cama, muerta al fin.
Los ojos ya no puedo abrir, pues el llanto hinchó tanto mis párpados que no me permiten mirar.
Los gemidos no cesan y el frío empeora, hasta que logro ponerme de pie y, cabizbaja, intento mirarme en el espejo.
A nadie le gusta una cara tan triste; a ellos les da asco las lágrimas secas; he envejecido con la depresión.
Miro por la ventana y hay gente, sin importarme que tal vez por allí haya alguien. Aquel que pueda salvar mi vida.
Quizás pido mucho, o quizás no. Todo lo que sé es que lo busco.
Alguien a quien pueda escribirle
sin que éste me ignore o me hiera.
Alguien que me acompañe en el llanto,
alguien que me diga "te quiero",
o por qué no mejor "te amo".
Alguien a quien pueda amar libremente
sin sentirme arrastrada, o "una más"
alguien que llene mis tardes
con todo lo que ahora está vacío.
Que me llame y hablemos cientos de horas
y al colgar me vuelva a llamar, sólo para recordarme que me quiere.
Alguien que baile conmigo toda la noche,
no me importa si tiene dos pies izquierdos.
Alguien a quien pueda besar mil veces sin hacerme sentir utilizada
o a quien pueda abrazar, otras mil veces, y no me rechaze o me empuje.
Quisiera a alguien que me sonría en la oscuridad
e ilumine toda tiniebla que pueda perseguirme,
alguien que tome mi mano y me llene de calidez.
Que se preocupe si me ve bebiendo, o fumando
y me diga para ir a tomar un café los domingos.
Alguien con quien pueda viajar,
así nuestro presupuesto sea bajísimo,
alguien a quien yo pueda pintar y mirar con admiración.
Alguien que acepte mi alma, mi arte y mi mirada
y no me desprecie, me humille o juegue con mi sentir.
Quiero a alguien que nunca he tenido, y probablemente sea mucho pedir...

domingo, 22 de noviembre de 2009

Rutina II


Aciaga, inconsecuente y voraz
Observando hojas caer, árboles cremados.
Repito en mi cabeza que el sol me persigue
mientras de mis pechos cuido su blancura.
Ahora parpadeo, sin vivir
y exhausta vuelvo a casa,
una casa que no es hogar.
Riñas insensibles y rutinarias
me entierran en palabras vanas.
Siento rechazo hacia mis frutos
colgados en tu pared ingrata
Ignoro los minutos siguientes
porque sólo harán retrospectiva.
No importa la elocuencia de mis lágrimas
ni el trazo roto de mis muñecas,
sólo pienso en un futuro lejano
que igual de distante en tiempo
lo es también en espacio.
No soy una rosa marchita,
soy un ave fénix
y de tu cigarrillo consumido
me verás emerger.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Carta a una traidora


Gracias, amiga. Por manipularme cual títere mientras no podía ver los hilos invisibles que ataste en mis débiles muñecas y tobillos.
Gracias, hermana. Por toda la confianza que tú me pagaste con mentiras despiadadas.
Gracias, princesa, con cuya corona me ridiculizaste y creaste historias en las que soy malvada.
Te agradezco con el alma el haberme invitado a probar de tu veneno, y caer en tus trampas.
Jugaste sucio, y cuando tengas toda mi fortuna, querrás eliminarme.
La ruleta gira aún. Tú apuestas por un alma pura.
La ruleta deja de girar, y yo pienso que es estúpido.
No puedes jugar con un alma, no puedes apostar al amor
y por eso me das lástima. Por no saber valorar lo que está vivo.
Gracias, amiga. Por querer separarme del hermano de mi vida.
Gracias, hermana. Por querer atragantar a mi hermano con una manzana podrida.
Gracias, princesa, por darme a entender que eres dañina.
Y darme la oportunidad de poder castigarte.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Maldiciones imperdonables.


Podría comprimir el mundo entero y hacerlo caber en mi estómago. Pienso que no sería tan doloroso...
Podría columpiarme con cadenas enganchadas en mi carne, y dejarme caer en lava ardiente, y sigo pensando que no sería tan doloroso.
Podría vestirme con aluminio oxidado y cortarme el cuerpo con él. Podría meter vidrio roto en mis zapatos y correr millas enteras con ellos. Pero tampoco sería tan doloroso.
También beber ácido muriático, y atravesar mis piernas con palos de tejer. O meter alambres en mi boca para luego conectarlos a la corriente eléctrica. Todo eso para que siga sin dolerme.
Con alicates, sacarme las uñas e intentar arrancarme los cabellos con esas manos heridas. Podría despellejarme con un navaja y sumergirme en alcohol. También me dejaría caer sobre afilados clavos, y tampoco sería tan doloroso.
Las manifestaciones de dolor físico no se comparan en absoluto a un alma rota.