Quiero que me mires ésta noche, en la que me vestí sólo con mi piel. Mírame hasta que mi imagen se desgaste. Hasta que se derrita la cera de aquellas velas como lo hace tu cuerpo ante mí. Mírame hasta que tus pupilas tomen la forma de mi silueta y sean la guadaña que me sentencie a ti, desgárrame con tu mirada. Las cortinas me cubren como neblina mientras te aproximas, con exquisita cautela. Tuve miedo, pero me hipnotizaste hasta hacerme tu esclava, tu servidora en ese juego subrepticio y medieval, hasta tomarme en mi totalidad y devorarme con tus ojos, descubriendo cada uno de mis defectos y difuminándolos con caricias.
Mírame desde la sombra, contémplame y disuélveme, para volver a armarme. Tócame. Mata cada parte de mí y revíveme con un sólo espinazo, y que los pétalos se deslicen en mi cuello al unísono que nos enredamos en un laberinto de sábanas azules. Envenéname miles de veces con el salar de tu espalda y has que me pierda en tu paraje. No me dejes salir; encláustrame tras tus párpados y apaga las velas, no necesitamos más fuego que el de tus ojos.
