sábado, 12 de noviembre de 2016

Recuerdos


A veces suelo quedarme ciega ante todo el desastre.
Otras veces, no puedo oírte gritar.
Hay veces en las que las palabras se atascan en mi garganta cuando mi sensatez no las deja huir, pero lo que nunca anticipa su omnipresencia, son los recuerdos.
Algunos, latentes, pueden percibirse como nervios a través de las hojas a contraluz con el sol si se les espera en el ocaso, y hay otros que tardan tan sólo un segundo en manifestarse, un segundo de añoranza que cala hasta el alma, un segundo que mata.
No hay recuerdo que duela en lo más intrínseco de la pureza, lo que duele es el impacto de un presente que difiere de él y sus falaces expectativas, lo que mata es el futuro inexistente, una neblina de incertidumbre sin conclusión alguna, además del desenlace único: la muerte.
No existe mayor desdicha que la ruin visión de un panorama ajeno, no hay timón que conduzca a la cordura en medio de una locura desconocida y vertiginosa como un tornado de vacíos, una vorágine de agujeros negros absorbiendo cada último signo vital.
Nada duele más que los recuerdos. Nada duele más que el desenlace manifestado en el verdugo más temido: un presente desolado.