
Perdóname.
Hoy bebí demasiado y huelo mal.
Mis ojos se enrojecieron con pecado
y reflejaron mi muerte en pleno lecho.
Perdóname,
porque soy débil ante mi propia pena.
Por no ser lo suficientemente responsable
para darme cuenta de que sigo viva,
viva gracias a ti.
No soy como quisieras
y no puedo serlo tampoco.
No soy más que una errante cazadora de sueños,
sueños que se frustran y se hunden en un vaso.
Sueños de amor y felicidad
que culminan en la resequedad de mi boca.