sábado, 29 de febrero de 2020
El hombre biónico
Sacudo los últimos residuos de cenizas que quedan en mis sábanas. Las sobras de lo que fue un festín la noche anterior.
Tengo un pensamiento recurrente y éste es color canela.
La dopamina está por los cielos y el vodka casi lleno. Es raro que yo no haya bebido.
Y es porque no necesité adormecer mi cuerpo para aliviar sus dolores, porque la respuesta estaba en intensificarlos con cornadas, cual toro en medio de un ruedo, y yo, incapaz de defenderme.
Las cortinas permanecen cerradas para ocultarnos de un mundo que nos hizo tanto daño, pero aquí estamos, con los dedos entrelazados, marihuana y un tornillo.
martes, 25 de febrero de 2020
Congelamiento
El clonazepam me adormeció fuertemente y lo más grato es la ausencia del sentir. Poco a poco mi cuerpo va convirtiéndose en un iglú. Un refugio en el que sólo necesito recuperar energías para continuar una larga travesía. Mi casita de hielo pasó a ser mejor aliado que los pequeños cubitos en mi whisky en las rocas. Mi poder crece día a día, y tú te vas debilitando. El día que mueras, recibiré todo tu poder, y es por ello que tengo prisa, pero pánico al unísono: no podría imaginar un mundo sin ti... Realmente valdrá la pena absorber todo de ti? Te tendré dentro de mí, pero la ausencia de tu voz cálida una última vez me hará morir. ¿Cómo se muere estando muerta? Claro que hay respuesta para eso: el olvido.
Creo que siempre te amaré, y espero, con toda la fuerza que me queda, equivocarme.
Impulso.
Camino rápidamente por esa gran avenida que conozco tan bien, sólo para llegar a esa panadería de aquella esquina, por la cual doblaba y te encontraba.
Caminé haciendo retrospectiva por todos los lugares que me hiciste conocer en tan corto tiempo, todos ellos marcados por una presencia nuestra que ya casi es fantasmal.
Caminé sólo para llegar a dos cuadras de tu morada, pero sin atreverme a cruzar la pista, y subí en el primer bus que llegó a mi rescate, como si quisiera huir de allí. Creo que aún no estoy lista.
No estoy lista para ser tu amiga.
jueves, 20 de febrero de 2020
Enfermedades tropicales
"Cuéntame un cuento", pensé en voz alta, y una voz de niña torpe salió de mí, después de haber compartido pieles como adultos irresponsables y despreocupados sobre un colchón desgastado. Tu respuesta no fue más que una mirada sonriente y un beso. Me molestaba mucho que me abrazaras y me dieras los besos más complejos. Hacíamos física cuántica con la boca mientras el ventilador refrescaba nuestras piernas cansadas, nuestros torsos sudorosos.
Y ante tu fluidez de no palabra, sólo atiné a decirte el por qué de todo. Por qué el amor es la más peligrosa de las enfermedades. Por qué mi temor de sentirlo contigo, y por qué mi renuencia a cielos desconocidos: tus cielos.
Resultó que compartíamos la misma fobia, pero aún así, no me dejabas ir. Te convertiste en una vid que se enredó en la rigidez de mis músculos, no me dejabas ir, hasta después del desayuno. Eran ya tantos desayunos falsos, con comidita de mentira y tacitas vacías que mi ira comenzaba a emerger. Antes de que el calor nos ahogue, corté tus ramas, con la promesa tuya de volver a crecer y volverte a enredar a mi alrededor.
Tengo que cortarte de raíz, igual que a todas esas plantas venenosas que sólo me produjeron enfermedades tropicales: algunas suaves; otras, muy severas; pero la mayoría, incurables.
viernes, 7 de febrero de 2020
Refugio oxidado
Decidí abandonarte.
Hubiese sido una vorágine de amargura, pero al final sólo fue una despedida a medias y la más insípida apatía la que salió de mis pies andantes.
Encontré refugio en tantos brazos que perdí la cuenta. Soy poderosa.
Mi poder radica en el hipnotismo de cuerpo y rostro. Nadie puede decirme que no.
La magia del hogar roto me hizo desvanecer el complejo de electra, y absorber juventud de cuerpos ajenos. Una que me calmó con esperanzas breves y que aún se presentan difusas cada madrugada.
Todos mis refugios, igual de tenues que mis pensamientos, igual de rotos y oxidados, en lo más profundo del océano como submarinos hundidos, todos ellos mesiéndose en un vaivén de complicidad que nos hace sentir vivos un poquito más.
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