jueves, 20 de febrero de 2020

Enfermedades tropicales


"Cuéntame un cuento", pensé en voz alta, y una voz de niña torpe salió de mí, después de haber compartido pieles como adultos irresponsables y despreocupados sobre un colchón desgastado. Tu respuesta no fue más que una mirada sonriente y un beso. Me molestaba mucho que me abrazaras y me dieras los besos más complejos. Hacíamos física cuántica con la boca mientras el ventilador refrescaba nuestras piernas cansadas, nuestros torsos sudorosos.
Y ante tu fluidez de no palabra, sólo atiné a decirte el por qué de todo. Por qué el amor es la más peligrosa de las enfermedades. Por qué mi temor de sentirlo contigo, y por qué mi renuencia a cielos desconocidos: tus cielos.
Resultó que compartíamos la misma fobia, pero aún así, no me dejabas ir. Te convertiste en una vid que se enredó en la rigidez de mis músculos, no me dejabas ir, hasta después del desayuno. Eran ya tantos desayunos falsos, con comidita de mentira y tacitas vacías que mi ira comenzaba a emerger. Antes de que el calor nos ahogue, corté tus ramas, con la promesa tuya de volver a crecer y volverte a enredar a mi alrededor.
Tengo que cortarte de raíz, igual que a todas esas plantas venenosas que sólo me produjeron enfermedades tropicales: algunas suaves; otras, muy severas; pero la mayoría, incurables.


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