Mi dolor de cabeza es insoportable. Hoy quiero estar sola, pero al mismo tiempo, quisiera que vinieras... No es tan simple. No es físico. De hecho,es por tu culpa.
Te fuiste otra vez, pero en ésta oportunidad yo decidí que te irías para siempre.
Escucho unos discos entre la espectral humareda de mi solitario cigarro, y destierro toda esperanza de mi habitación. La convierto en algo peor que el infierno: en un cementerio de promesas que nunca se cumplieron y en una vorágine de ira, toda esa que acumulé hacia ti, hacia la única persona que me amó un poquito.
Hoy te odio tanto que mi desprecio se rebalsa a través de mis ojos y llena mis pulmones de alquitrán. Una bajeza a la que caí por el peso del veneno en todo mi cuerpo, el cual es más fuerte que todas las toxinas presentes en el tuyo. Te odio como no tienes idea. Te odio y te lloro. Mis manos imaginan una reconfortante presión en tu garganta, mientras mi boca blasfema aquel momento en el que dejé de mirarte para observarte.

