sábado, 27 de marzo de 2021

Volver al mar

Los acantilados permanecen firmes ante la violenta colisión de las olas en ellos. Es como ver una obra de teatro, muy dramática, en la que el mar soy yo, y el acantilado, tú.

Corro por el muelle hasta llegar al final. Cualquiera pensaría que saltaría a las aguas más impredecible que existen, pero yo me detengo y tomo asiento, meneando los pies en el borde del muelle. 

Las olas salpican mi rostro, que no puede soportar más sal, pero al menos el mar me acompaña en mi dolor.

Hay caminos intrincados que lastiman mis pies. Un suelo rocoso y tosco, como mis propias manos al intentar acariciarte. Soy tan torpe. Una piedra pómez te acariciaría con mayor delicadeza...

Camino por la orilla hasta encontrar un atajo, y emprendo mi búsqueda en esos lugares pocas veces transitados.

Al final de esos caminos, puedo encontrar un hermoso espacio de aguas quietas, en las que me sumerjo hasta la cintura y veo cómo los peces danzan alrededor de mis muslos. Sé que pertenezco aquí. Sólo quisiera saber el hechizo adecuado para convertirme en arena, o en un pez. Desaparecer como humana, un cuerpo en el que el suplicio es infinito para huir esquivando olas y cardúmenes. Sólo quiero ser un pez que nade libremente y jamás vuelva a la superficie, para evitar ver a algún marinero de grandes manos sobre el cual pose mis ojos y, automáticamente, me fuerce a firmar mi sentencia de muerte mientras sostiene una vieja red de pescar. Porque, con cada uno de ellos, voy muriendo un poquito más.

Sólo quiero ser un pez...

martes, 23 de marzo de 2021

Coleccionista de pieles.

 


Todos los sonidos, al mismo tiempo, crean una melodía que suena, más o menos, a tu nombre.

Por mis muslos se desliza un poco de ruido que a pocos kilómetros hizo eco en tus paredes, y los restos de un pentagrama que sólo tiene una clave sol con la misma nitidez de tu sonrisa.

¿Por qué niegas lo innegable?

Hemos sido un tornado a pocos metros del océano, envueltos en neblina salada y pelitos de gato. Eres orgulloso, prepotente y celoso, y a pesar de que tape mis oídos ante tus quejas, éstas perforan mis manos, creando estigmas que las atraviesan hasta pulverizar mis tímpanos.

Me gritas y me pides que sea tuya, sin decir una palabra. 

Ya no puedo discernir entre el sarcasmo y lo real. ¿Eres real?

Sólo sé que tus manos, prisioneras con los grilletes de tu propio orgullo, se dignen a acariciarme por breves momentos, en los que tus exhalos se evaporan en mis labios, húmedos de ti.

Yo, como buena coleccionista de pieles, tomé la tuya con mis uñas, y la puse en aquella vitrina de lo invaluable: moteada e imposiblemente suave. Una piel en extinción.

Bueno fuera que tus ojos dormidos percibieran lo que mis propios ojos te gritan, aunque sé que las pociones de amor que juntos ingerimos, rompen tus grilletes, abren tu boca y se te escapa uno que otro pétalo de rosa que deslizas en mi cuerpo.

Tu piel, añeja e inmortal, me ha envuelto en el hechizo más fuerte. Uno que nos lleva a ensuciar tus sábanas de nuestros olores y sabores. Y se impregnan en mi ropa a pesar de lo lejos que me encuentre.

Será así, amigo mío, que aromas ajenos al mío se unan en mi rinconcito de tu cama hasta componer la canción que te da tus descansos reconfortantes? Jamás tendré esa certeza. Sólo espero que algún día, mi perfume sea el más fuerte. Tan poderoso que no lo puedas sacar de tu cama, de tu hogar, del océano o del mundo en el que te desplazas, como huyendo de tu propia soledad.

jueves, 18 de marzo de 2021

Feliz aniversario, pandemia.



Los meses pasan como gotas en tierra baldía.

Y no cesan. Siguen perforando mi cabeza a pesar de ésta estar blindada para evitar que estalle con la cantidad de pensamientos enredados que circulan, como parásitos caníbales en su interior.

Hay mucho ruido dentro de mí, y es imposible apagarlo. Sólo puedo poner más alto el volumen de la música para ahogarlo por unos instantes, hasta recibir la llamada quejumbrosa de mi madre.

Recuerdo vagamente que por eso me gustaban los conciertos, los bares y todo aquello que produce una fuerte bulla: sirve para ahogar el ruido que hay en mí, y ahora no tengo cómo hacerlo.

Mi estómago arde por la cantidad de alcohol que consumí anoche y me pongo de pie para refrescarme con un poco de agua.

Ha pasado un año, y siento que fue una eternidad.

La mudanza, un adiós, la ausencia de todo y una nueva tortura fueron de las pocas cosas que a duras penas recuerdo de éste último año. Finalmente me convertí en mi propio tatuaje: un ave enjaulada.

Tengo tantas cosas por hacer, tantas ganas de irme muy lejos, y tanto tiempo muerto que se me escurre entre los dedos que la frustración sólo aumenta cada día un poquito más.

Odio no ser perfecta.

El auto sabotage pudo más y tal vez, sólo tal vez, me resigne a perderte, porque a fin de cuentas, nunca fuiste ni serás mío. Sólo eres una imagen más que pasó junto a mí y que percibí sutilmente tras el cristal blindado del que no puedo salir.

Cada día el ruido aumenta, y sólo quiero callarlo. Sólo quiero que se detenga...