Los acantilados permanecen firmes ante la violenta colisión de las olas en ellos. Es como ver una obra de teatro, muy dramática, en la que el mar soy yo, y el acantilado, tú.
Corro por el muelle hasta llegar al final. Cualquiera pensaría que saltaría a las aguas más impredecible que existen, pero yo me detengo y tomo asiento, meneando los pies en el borde del muelle.
Las olas salpican mi rostro, que no puede soportar más sal, pero al menos el mar me acompaña en mi dolor.
Hay caminos intrincados que lastiman mis pies. Un suelo rocoso y tosco, como mis propias manos al intentar acariciarte. Soy tan torpe. Una piedra pómez te acariciaría con mayor delicadeza...
Camino por la orilla hasta encontrar un atajo, y emprendo mi búsqueda en esos lugares pocas veces transitados.
Al final de esos caminos, puedo encontrar un hermoso espacio de aguas quietas, en las que me sumerjo hasta la cintura y veo cómo los peces danzan alrededor de mis muslos. Sé que pertenezco aquí. Sólo quisiera saber el hechizo adecuado para convertirme en arena, o en un pez. Desaparecer como humana, un cuerpo en el que el suplicio es infinito para huir esquivando olas y cardúmenes. Sólo quiero ser un pez que nade libremente y jamás vuelva a la superficie, para evitar ver a algún marinero de grandes manos sobre el cual pose mis ojos y, automáticamente, me fuerce a firmar mi sentencia de muerte mientras sostiene una vieja red de pescar. Porque, con cada uno de ellos, voy muriendo un poquito más.
Sólo quiero ser un pez...

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