lunes, 31 de agosto de 2015

Te odio (Escrito el 7/12/13 a las 03:25 am.)



Son como pequeños fantasmas en mi estómago que están desesperados por salir, pero no encuentran escape. El dolor de cabeza supera mis peores fantasías acerca del infierno y las espectativas del sufrimiento en él. No hay salida, y la única que existe, se me va de las manos mientras los días pasan. Y te odio.
Ya no esbozo una sonrisa cada vez que te recuerdo, ahora siento náuseas y sólo puedo imaginarte indiferente a mi sufrimiento. Ya no apareces sorpresivamente, rebalsando de felicidad cada vez que te abrazo. Ahora ni siquiera apareces...
Litio, Alprazolam, alcohol y sueño eterno, ayúdenme. La vida se me hace insoportable, me siento cada vez más herida por dentro. Todas mis cicartices se han vuelto a abrir para no cerrar, me desangro de desesperanza y de ira. Sólo sé que te odio y que cada vez amo más odiarte. Sólo así podré romper las cadenas que me atan a ti. Sólo aborreciéndote podré olvidarte, como tú a mí me olvidaste. Sólo con la misma indiferencia con la que me recuerdas lograré sanar, porque estoy enferma, enferma de ti.
Todo me lo quitas. Nunca tuve nada tuyo, nunca tuve un abrazo, ni una caricia o un beso, siempre todo fue para quedar bien ante los demás, pero nunca nació de ti...
Por qué recuerdo sólo las cosas horribles que me hacías? Por qué no puedo recordar lo bueno, lo grato en ti? Es porque acaso no existió?
Renuente como tú mismo eres. Hoy te largaste para siempre, porque yo lo decidí.
Decidí no perdonarte más.
Colgué el abrigo que me protegía de las repulsivas palabrotas que usaste para ahuyentarme, y aquí me tienes: indómita e iracunda, con ganas de nunca más volver a verte.

Estatua de Hielo



Tu ausencia me cala hasta los huesos. El tiempo es como una tormenta de nieve que, poco a poco, va dejandome ciega. 
Van cayendo cenizas de mi cuerpo que se incendia al friccionar cada recuerdo con el ardor de una pasión ya muerta. Me encuentro aciaga, perdida. Mi cabeza es un salar infinito de lo que alguna vez fueron lágrimas; ya se secaron, pero sigo caminando sin rumbo sobre ellas. No te encuentro y no creo que pueda encontrarte ni en mi más remota pesadilla. Porque ahora es allí donde gobiernas: en todos mis malos pensamientos, en mi paranoia y los estragos de amargura que ocasionaron tus promesas incumplidas. 
Te amo, pero mi amor es letal, es terrible, es escalofriante. Mi amor está dentro de un gigantesco iceberg en un reino donde el invierno es eterno. Tú tomaste el último pedacito de mis buenas intenciones. Te llevaste lo que quedaba de inocencia en mi alma putrefacta, y lo escondiste para disponer de él cuando te convenga, cuando desees sentirte amado y para no sentirte sólo. Sigue haciéndolo y verás que ese retazo, poco a poco se irá desgastando, hasta que no quede nada de él y yo me convierta en aquello que, por fin, tanto tiempo estuve esperando: una estatua de hielo.