Todos los sonidos, al mismo tiempo, crean una melodía que suena, más o menos, a tu nombre.
Por mis muslos se desliza un poco de ruido que a pocos kilómetros hizo eco en tus paredes, y los restos de un pentagrama que sólo tiene una clave sol con la misma nitidez de tu sonrisa.
¿Por qué niegas lo innegable?
Hemos sido un tornado a pocos metros del océano, envueltos en neblina salada y pelitos de gato. Eres orgulloso, prepotente y celoso, y a pesar de que tape mis oídos ante tus quejas, éstas perforan mis manos, creando estigmas que las atraviesan hasta pulverizar mis tímpanos.
Me gritas y me pides que sea tuya, sin decir una palabra.
Ya no puedo discernir entre el sarcasmo y lo real. ¿Eres real?
Sólo sé que tus manos, prisioneras con los grilletes de tu propio orgullo, se dignen a acariciarme por breves momentos, en los que tus exhalos se evaporan en mis labios, húmedos de ti.
Yo, como buena coleccionista de pieles, tomé la tuya con mis uñas, y la puse en aquella vitrina de lo invaluable: moteada e imposiblemente suave. Una piel en extinción.
Bueno fuera que tus ojos dormidos percibieran lo que mis propios ojos te gritan, aunque sé que las pociones de amor que juntos ingerimos, rompen tus grilletes, abren tu boca y se te escapa uno que otro pétalo de rosa que deslizas en mi cuerpo.
Tu piel, añeja e inmortal, me ha envuelto en el hechizo más fuerte. Uno que nos lleva a ensuciar tus sábanas de nuestros olores y sabores. Y se impregnan en mi ropa a pesar de lo lejos que me encuentre.
Será así, amigo mío, que aromas ajenos al mío se unan en mi rinconcito de tu cama hasta componer la canción que te da tus descansos reconfortantes? Jamás tendré esa certeza. Sólo espero que algún día, mi perfume sea el más fuerte. Tan poderoso que no lo puedas sacar de tu cama, de tu hogar, del océano o del mundo en el que te desplazas, como huyendo de tu propia soledad.