sábado, 26 de septiembre de 2020

Prisionera

 


Tus reclamos son inaudibles, pero lo que sí puedo sentir a flor de piel es la barrera que nos separa. Yo estoy en una prisión de máxima seguridad, en la que convierto a mis acompañantes en mis propios prisioneros. Tú sólo me acompañas desde afuera, dejándome la imposibilidad de retenerte...

A pesar de los alambres de púas, el puente resquebrajado y las rejas eléctricas, entrecruzadas, te veo con la misma claridad con la que puedo ver el cielo. Eres inmenso, pero lejano. Vienes cuando te place y te vas, de la misma forma, dejando mi estómago más electrificado que las rejas.

"¿Por qué te vas tan pronto?" Susurro, pero consigues oírme, e ignorame. Me pregunto por qué estás tan fuera de mi control, tan fuera de mi alcance. ¿Por qué vienes si después te irás tan pronto? ¿Por qué me torturas con tu majestuosidad y me devoras si mis restos, aún vivos, te serán indiferentes?

Perdón por desgastarme tan rápido. Quisiera ser tan duradera como los trazos que dedicas a alguien eterno, al menos. Soy fugaz, mas no como una estrella, sino como una pluma cayendo: algo que a duras penas, otros perciben, menos tú.

martes, 22 de septiembre de 2020

Ave fénix

 


Lo supe en cuanto volví a verte. A tenerte.
Supe que ni terminaría bien, igual que todo.
Estabas ahí, más azul que nunca. Habías convertido el infierno en una galería de Yves Klein, y yo estaba perdida entre lienzos que no me pertenecieron nunca, pero que no me dejan salir de ahí.
Desde un principio sabía que no eras feliz, y aún así te entregué mi alma en un cofre que no pudiste levantar.
No me amas, y jamás me amarás. Lo gritas hasta el cansancio, y hasta perforar mis tímpanos. Mi llanto comienza hoy, renovado y repotenciado con tu segunda incorrespondencia.
Tonta es decir poco. Ingenua también. Estoy desatando los miles de nudos que hay en mis pensamientos para poder medir todas las veces que me engañé a mí misma, pensando que alguien me amaría. ¡Qué vas a amarme tú! Alguien tan deslumbrante, que por más que haya dejado de volar, se impone con el mejor plumaje. Tú eres un ave fénix, que renace todas las tardes, y yo... Yo soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.

El despertar de un borderline.

 



"Despertar" tiene un significado distinto para muchos, incluso si nos referimos a la cotidiana tarea de levantarse de la cama por la mañana. Lo pintan como algo positivo: "un nuevo día", "a levantarse con el pie derecho", etc. Pero para mí sólo es el inicio de la tortura. 

Admiro la capacidad de muchas personas para levantarse puntualmente a las 5 o 6 de la mañana, y que tiene una hora para darse una ducha, vestirse, perfumarse, MAQUILLARSE, tomar el transporte público o acomodarse en su propio transporte y cumplir con la ruta que los llevará a sus respectivos centros de labores.

Hace mucho que yo prescindí de ese método medieval para torturar a una persona que recién abre los ojos por la mañana, pero hoy no podría decir que me resulta muy distinto.

Logré habituar mi trabajo a mi incorregible horario de sueño, que por primera vez en dos décadas se volvió regular (?). Solía sentir sueño cada dos o tres días, y el resto mis ojos estaban más abiertos que los de una lechuza, las ojeras hasta el suelo y haciendo mucho ruido lavando bastidores en la madrugada, por lo cual los vecinos se quejaban constantemente.

En fin, ahora, como una persona "civilizada", me da sueño cerca de las 11 de la noche, y despierto usualmente a las 8 de la mañana. A veces a las 9, si es que me forcé la noche anterior a llegar hasta la medianoche despierta. 

Tener un horario como ese no garantiza la calidad de vida, esa es una gigantesca mentira que siempre nos han querido imponer. Es por ello que, ni bien abro los ojos, sólo puedo quedarme inmovil por un largo rato. Observo a mi alrededor y todo está igual: el piso lleno de tierra a pesar de haber barrido la noche anterior, pa mesita de noche abarrotada de cosas, a pesar de haberla ordenado hace pocos días. Sé que mi taller hecho un desastre, a pesar de haberlo ordenado también hace poco tiempo... El gigantesco agujero en mi estómago se abre y empieza a succionar más aire del que mi cuerpo puede soportar. Mis ojos, secos por mirar mucho el celular la noche anterior, me duelen. Abrirlos duele.

Siento, de inmediato, mucha tristeza, soledad, abandono. Es una sensación que no le deseo ni a mí peor enemigo. Después siento rabia y pienso: "¿Por qué tuve que despertar? ¿Por qué no puedo morir mientras duermo?" Y es allí cuando veo, a mis pies, un pequeño bulto peludo: mi gatita, profundamente dormida, enferma e inapetente. Me doy cuenta que aún alguien me necesita, y trato de moverme. En todo éste lapso de tiempo de autotortura ya ha pasado una o dos horas.

Finalmente me muevo, tomo el celular y veo la hora. A veces me tardo más, y a veces, menos. Intento sentarme en mi propia cama pero los dolores lumbares cada día se superan, otro motivo más por el que quisiera jamás despertar. 

Reviso mis anotaciones en la pizarra blanca. La puse frente a mi cama para tener que estar obligada a verla, de lo contrario, pasaría desapercibida totalmente. Si la veo llena de anotaciones, me animo un poco: la sobrecarga de trabajo es un anestésico a mi dolor del alma, pero totalmente contraproducente a mis dolores físicos. Eso no me importa, pues lo físico llega a ser soportable a veces: cargar varios bastidores, paquetes de compras para abastecerme de stock, hacer colas en el banco y probar nuevos límites en mi paciencia e incluso, soportar el mal humor de mis proovedores o, peor aún, el mío cuando éstos hacen mal su trabajo. Estoy segura que ni siquiera el diablo quisiera lidiar conmigo cuando estoy enojada. Recuerdo que ese es el por qué de mi soledad infinita, y paso de la ira al llanto instantáneamente.

Luego de haber pensado en ésto, de haber llorado, de haberme enojado y reído con ganas, todo en un corto lapso de tiempo, por fin logro ponerme de pie. 

Limpio la caja de arena de mi pequeña, barro aquel espacio y lo dejo impecable. Me lavo las manos y le sirvo más comida y agua en los platitos. Termino con ella y trato de dedicarme a mí misma. 

Me veo al espejo. Sólo tengo uno pequeño, y gracias a eso mi odio hacia mi cuerpo ha disminuido considerablemente: la respuesta es no verlo nunca.

Observo en ese minúsculo espejo que mis párpados están arrugados, que mis ojeras siguen oscuras, que mi piel no es tan suave como antes y prefiero dejar de mirarme, antes de volver a sentirme mal. Agarro el cepillo de dientes mientras hierve el agua: mis dientes están putrefactos, ayer olvide cepillarme otra vez después de comerme un chocolate, o un pedazo de pastel, así que me cepillo muy fuerte, mientras siento el sabor de la sangre combinado con la menta de la pasta dental. Termino e intento peinar mi cabello. Lo odio también, porque está reseco y se está cayendo. Todos dicen amar mi cabello, y me preguntó por qué yo no puedo.

Me sirvo una taza de café muy cargado y sin azúcar, lo bebo en cuestión de segundos y subo a la cocina a prepararme alguna merienda grande, y si no encuentro insumos, me enojo y no ingiero nada más que el café. Hoy es otro día para morir lentamente, y para no decírselo a nadie.