Lo supe en cuanto volví a verte. A tenerte.
Supe que ni terminaría bien, igual que todo.
Estabas ahí, más azul que nunca. Habías convertido el infierno en una galería de Yves Klein, y yo estaba perdida entre lienzos que no me pertenecieron nunca, pero que no me dejan salir de ahí.
Desde un principio sabía que no eras feliz, y aún así te entregué mi alma en un cofre que no pudiste levantar.
No me amas, y jamás me amarás. Lo gritas hasta el cansancio, y hasta perforar mis tímpanos. Mi llanto comienza hoy, renovado y repotenciado con tu segunda incorrespondencia.
Tonta es decir poco. Ingenua también. Estoy desatando los miles de nudos que hay en mis pensamientos para poder medir todas las veces que me engañé a mí misma, pensando que alguien me amaría. ¡Qué vas a amarme tú! Alguien tan deslumbrante, que por más que haya dejado de volar, se impone con el mejor plumaje. Tú eres un ave fénix, que renace todas las tardes, y yo... Yo soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.

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