domingo, 20 de diciembre de 2020

El ocaso

Fotografía por: Luis Choza

Nuestros encuentros son como las brasas en carbón. Tus ojos se llenan de chispas, aunque intentes disimularlo con ese enorme muro que logro calcinar con mi fuego. Me acerco a ti pisando esas cenizas con una soberbia que te fascina, al ser un espejo en el que te admiras a través de mí.

Al final, somos fieras que sucumben al calor y terminamos tan dóciles entre sábanas, que podríamos repetir mil veces el mismo final.

El ocaso pinta nuestros cuerpos salados y nos convertimos en un acantilado con fuertes olas, que salpican el muelle hasta dejarlo inhabitable por algunas tardes salvajes. 

Tú y yo, hoy solos, sin una cámara que registre nuestro vaivén, ni nuestros cabellos enredados. Sin ojos curiosos, sin él y sin ella, que aún, ingenuos, nos piensan inocentes. Si supieran, estoy segura que jamás volverían, como nosotros que siempre cruzamos nuestros reinos al ocaso.

jueves, 26 de noviembre de 2020

La superficie.


Desde el lugar más profundo de un mar virgen, la llama vuelve a encenderse. 

La burbuja desde la que viajé llegó a la superficie, y reparé en el amanecer más bello de todos, uno en el que tú me esperas con tus enormes ojos, gobernantes del océano, fijos en mí.

Llevas un tridente que haces sonar con melodías imposibles, al compás de tu cabellera de oro, que se torna de colores con las luces de un escenario en el que tú y yo solos estaremos.

Enciendo mi cigarro y te veo más hermoso que nunca, con cierto misticismo tras el humo que exhalo.

Tus manos son frías, pero tú mirada es como el reflejo del sol en la arena, y dora mi piel hasta sus últimos escombros. Viajé tanto sólo para poder tomar tus manos y sostener una sonrisa tuya en ese rostro fantasmagórico que ahora me demuestra ser el único al que debí iluminar con mi amor, ya que todos aquellos que dejé atrás no merecían ni un pensamiento, por más efímero que haya sido. Tú eres mi todo, e iré por ti.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Te extraño


Mi frutero está vacío y se enfrió el café con leche que me preparé. Es el mismo que tanto te gustó, y que yo rechacé volvertelo a llevar. No sé por qué lo hice.

No sé por qué una fuerza me detiene cada vez que mis impulsos me quieren llevar a tus brazos, y dormirme embriagada del perfume de tu pelo rizado.

Hoy, sentada en ésta enorme mesa de vidrio y cedro, viendo mi reflejo demacrado, decir que te extraño es poco.

Te añoro, te anhelo. Deseo tanto tu presencia junto a mí que me hace perder la cabeza. 

Pensé que alejándome estaría mejor, pero ya es muy tarde.

Mis lágrimas silenciosas se preguntan si tambien me extrañarás, pero mi mente, ya demasiado enferma, me sugiere que ni siquiera piensas en mí. Quedé en el olvido y mis huellas por fin se borraron de tu balcón. Tus ganas de mí ahora le pertenecen a otra, o tal vez a nadie.

Llego a la misma conclusión de siempre: el abandono de mi padre.

Quiero gritarte que te extraño, y abrazarte por horas, hasta fusionarme contigo y desaparecer en tu cuerpo. Gritar que no puedo estar sin ti, que te necesito. Pero mi boca permanece cerrada. Mis ojos resecos de tanto ver la pantalla, esperando que respondas mis breves mensajes, que no dan mucho a entender de todo lo que pesa sobre mis hombros, pero tu silencio es más crudo que la frialdad de mis textos. 

Decir que te extraño es poco. Decir que te quiero es poco. Decir que te necesito, es menos.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Salamanca



Llego a un hogar roto, como aquella pieza que podría repararlo, pero mi intención solo es huir de la caja en la que fui olvidada, como una antigüedad sin valor. Kari, tu hija, sonríe y me hace recordar a mí, cuando no quería hacer las tareas y prefería dibujar en mis cuadernos, pero ella lo hace en su portátil: Los tiempos cambian.

Tú me recibes con una alegría muy breve, y te desvaneces en mis brazos, muy débil. Te ayudo a recostarte y leo un libro mientras tú descansas junto a mí.

Dicen que el amor más puro es aquel dónde no hay sexo, y hoy pude dar fé de ello: el único contacto que tuvimos fue el de ese abrazo que nos da unos momentos de vida y un beso en la frente. Los temblores en su cuerpo tienen a su cabeza como epicentro, la cuál emite descargas eléctricas que recorren sus nervios hasta hacer cortocircuito, colisionando en su piel. Así lo convierten a él en un lugar inhabitable, que sólo yo me atreví a explorar y cuidar. 

Así es como cada luna nueva rodeo su delgadez con mis brazos, y lo lleno de caricias cuando lo siento quebrarse, para así unir todas sus piezas y evitar que colapse.

Cuido de él con la misma dedicación que un arqueólogo le pone a antiguas ruinas a punto de destruirse, pero invaluables, como él.

Amanecemos sin la resaca de nuestro propio sudor, y me despido dejando un rastro de migas de pan, como Hansel y Gretel, esperando que me encuentres también en mi solitaria morada.

domingo, 8 de noviembre de 2020

Soledad



Mis sentidos están en un vaivén por los ansiolíticos. No puedo percibir más que la suavidad de mi cama solitaria, impregnada sólo de los pelitos de mi gata.

Hoy, que tuve un día libre por primera vez en tanto tiempo, pude percibir con la mayor nitidez, el ápice de mi soledad.

Porque una botella fría de líquido adormecedor se puede evaporar en mi garganta, o las altas dosis de somniferos adormecer un poco éste dolor calcinante bajo mis párpados, que me hacen erupcionar y queman mi rostro. La soledad son lágrimas que te lloro a ti, a él y a todos aquellos a quienes tanto me aferré, y que nunca pudieron quedarse. Cada mirada contenía un tesoro distinto, uno que sólo contadas veces pude ver brillar, pero se apagaban al verme tornarme azul.

Hoy sólo pienso en el mar, las gigantescas ventanas de vidrio, las copas de vino y la música de Fiona Apple. Un sueño hecho realidad hace tanto tiempo. Uno de los mejores días de mi vida. Y tan cerca estuve de repetir ese momento perfecto... Pero el autosabotaje pudo más.

Me odio.

Me odio.

Me odio.

Me odio.

Me odio por rendirme tan rápido, pero no puedo luchar: mis armas están desgastadas y listas para destruirse al primer ataque tuyo.

Sólo una última caricia de tus manos. Sólo un beso en mi frente, un abrazo, una sonrisa, y podrás resucitarme de éste lujoso mausoleo sin salida.

La Molina

Los recuerdos táctiles son mayores a los que pude ver.

Las mañanas cálidas, cuando me despertaba impregnada de ti, a la luz de un sol que no superaba mi felicidad, y la forma cómo preparabas el café mientras yo peinaba mi cabello formaban un escenario que hubiese querido recrear por el resto de mi vida.

Pero decidí cortar la cinta.

La película que juntos protagonizamos, como el nuevo comienzo de nuestras ansias por tenernos, terminó. Yo le di fin, antes de que tú lo hagas.

Yo sé que te irás. Te desvanecerás y quedaré fuera de las mañanas de café y palmeras danzantes que tanto amé con brevedad.

Desde tu balcón presentí que otras manos se entrelazarían con las tuyas y otros cabellos perfumarían tus almohadas.

Una piel más morena.

Sé que estás a punto de irte, y me lo ocultas. Pero fui más rápida y supe de tu partida, para ser yo quien se vaya, pero dejando una nota en la que borre los "te amo" que se atascaron en mi garganta. 

Porque aún te pertenezco. Sólo que tú, a mí, ya no.

jueves, 1 de octubre de 2020

Hada


Debo alejarte. Mis nervios ahora reaccionan a tus palabras. Sólo son textos, pero me gritan al oído tantas cosas... En resúmen, que yo no soy tu tipo. No soy esa pequeña de mirada cálida y baja estatura, con la delgadez y magia de un hada. Mis grotescas manos gruesas, ásperas, con pintura seca y dedos mordisqueados, llenas de cicatrices y piel muerta en nada se comparan a las manos suaves con las que soñarías despertar. Las mías solo te molestan, y las entierras en el cementerio de aquello que poco importa. 

Hoy estoy postrada en el suelo, cansada. Sintiéndome culpable por no hacer caso a mi madre. Por no haber sido una flor delicada, una mujer complaciente.

Mi fuerza supera a la de los hombres muchas veces, pero hoy estoy rota, sobre mis rodillas y más vulnerable que una oruga, rodeada de aves. Mis horribles manos por fin se humedecen con mis lágrimas, cerrando sus grietas. Me siento tan sola, tan indeseable por el hombre que tanto quiero, y a quien soy totalmente incapaz de hacer feliz.

Ojalá fuera un hada, y viviera solo brevemente, pues no me importa la muerte. Lo único por lo que valdría la pena vivir es por ver sólo una sonrisa suya.

sábado, 26 de septiembre de 2020

Prisionera

 


Tus reclamos son inaudibles, pero lo que sí puedo sentir a flor de piel es la barrera que nos separa. Yo estoy en una prisión de máxima seguridad, en la que convierto a mis acompañantes en mis propios prisioneros. Tú sólo me acompañas desde afuera, dejándome la imposibilidad de retenerte...

A pesar de los alambres de púas, el puente resquebrajado y las rejas eléctricas, entrecruzadas, te veo con la misma claridad con la que puedo ver el cielo. Eres inmenso, pero lejano. Vienes cuando te place y te vas, de la misma forma, dejando mi estómago más electrificado que las rejas.

"¿Por qué te vas tan pronto?" Susurro, pero consigues oírme, e ignorame. Me pregunto por qué estás tan fuera de mi control, tan fuera de mi alcance. ¿Por qué vienes si después te irás tan pronto? ¿Por qué me torturas con tu majestuosidad y me devoras si mis restos, aún vivos, te serán indiferentes?

Perdón por desgastarme tan rápido. Quisiera ser tan duradera como los trazos que dedicas a alguien eterno, al menos. Soy fugaz, mas no como una estrella, sino como una pluma cayendo: algo que a duras penas, otros perciben, menos tú.

martes, 22 de septiembre de 2020

Ave fénix

 


Lo supe en cuanto volví a verte. A tenerte.
Supe que ni terminaría bien, igual que todo.
Estabas ahí, más azul que nunca. Habías convertido el infierno en una galería de Yves Klein, y yo estaba perdida entre lienzos que no me pertenecieron nunca, pero que no me dejan salir de ahí.
Desde un principio sabía que no eras feliz, y aún así te entregué mi alma en un cofre que no pudiste levantar.
No me amas, y jamás me amarás. Lo gritas hasta el cansancio, y hasta perforar mis tímpanos. Mi llanto comienza hoy, renovado y repotenciado con tu segunda incorrespondencia.
Tonta es decir poco. Ingenua también. Estoy desatando los miles de nudos que hay en mis pensamientos para poder medir todas las veces que me engañé a mí misma, pensando que alguien me amaría. ¡Qué vas a amarme tú! Alguien tan deslumbrante, que por más que haya dejado de volar, se impone con el mejor plumaje. Tú eres un ave fénix, que renace todas las tardes, y yo... Yo soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.
Soy todo lo que nadie quiere.

El despertar de un borderline.

 



"Despertar" tiene un significado distinto para muchos, incluso si nos referimos a la cotidiana tarea de levantarse de la cama por la mañana. Lo pintan como algo positivo: "un nuevo día", "a levantarse con el pie derecho", etc. Pero para mí sólo es el inicio de la tortura. 

Admiro la capacidad de muchas personas para levantarse puntualmente a las 5 o 6 de la mañana, y que tiene una hora para darse una ducha, vestirse, perfumarse, MAQUILLARSE, tomar el transporte público o acomodarse en su propio transporte y cumplir con la ruta que los llevará a sus respectivos centros de labores.

Hace mucho que yo prescindí de ese método medieval para torturar a una persona que recién abre los ojos por la mañana, pero hoy no podría decir que me resulta muy distinto.

Logré habituar mi trabajo a mi incorregible horario de sueño, que por primera vez en dos décadas se volvió regular (?). Solía sentir sueño cada dos o tres días, y el resto mis ojos estaban más abiertos que los de una lechuza, las ojeras hasta el suelo y haciendo mucho ruido lavando bastidores en la madrugada, por lo cual los vecinos se quejaban constantemente.

En fin, ahora, como una persona "civilizada", me da sueño cerca de las 11 de la noche, y despierto usualmente a las 8 de la mañana. A veces a las 9, si es que me forcé la noche anterior a llegar hasta la medianoche despierta. 

Tener un horario como ese no garantiza la calidad de vida, esa es una gigantesca mentira que siempre nos han querido imponer. Es por ello que, ni bien abro los ojos, sólo puedo quedarme inmovil por un largo rato. Observo a mi alrededor y todo está igual: el piso lleno de tierra a pesar de haber barrido la noche anterior, pa mesita de noche abarrotada de cosas, a pesar de haberla ordenado hace pocos días. Sé que mi taller hecho un desastre, a pesar de haberlo ordenado también hace poco tiempo... El gigantesco agujero en mi estómago se abre y empieza a succionar más aire del que mi cuerpo puede soportar. Mis ojos, secos por mirar mucho el celular la noche anterior, me duelen. Abrirlos duele.

Siento, de inmediato, mucha tristeza, soledad, abandono. Es una sensación que no le deseo ni a mí peor enemigo. Después siento rabia y pienso: "¿Por qué tuve que despertar? ¿Por qué no puedo morir mientras duermo?" Y es allí cuando veo, a mis pies, un pequeño bulto peludo: mi gatita, profundamente dormida, enferma e inapetente. Me doy cuenta que aún alguien me necesita, y trato de moverme. En todo éste lapso de tiempo de autotortura ya ha pasado una o dos horas.

Finalmente me muevo, tomo el celular y veo la hora. A veces me tardo más, y a veces, menos. Intento sentarme en mi propia cama pero los dolores lumbares cada día se superan, otro motivo más por el que quisiera jamás despertar. 

Reviso mis anotaciones en la pizarra blanca. La puse frente a mi cama para tener que estar obligada a verla, de lo contrario, pasaría desapercibida totalmente. Si la veo llena de anotaciones, me animo un poco: la sobrecarga de trabajo es un anestésico a mi dolor del alma, pero totalmente contraproducente a mis dolores físicos. Eso no me importa, pues lo físico llega a ser soportable a veces: cargar varios bastidores, paquetes de compras para abastecerme de stock, hacer colas en el banco y probar nuevos límites en mi paciencia e incluso, soportar el mal humor de mis proovedores o, peor aún, el mío cuando éstos hacen mal su trabajo. Estoy segura que ni siquiera el diablo quisiera lidiar conmigo cuando estoy enojada. Recuerdo que ese es el por qué de mi soledad infinita, y paso de la ira al llanto instantáneamente.

Luego de haber pensado en ésto, de haber llorado, de haberme enojado y reído con ganas, todo en un corto lapso de tiempo, por fin logro ponerme de pie. 

Limpio la caja de arena de mi pequeña, barro aquel espacio y lo dejo impecable. Me lavo las manos y le sirvo más comida y agua en los platitos. Termino con ella y trato de dedicarme a mí misma. 

Me veo al espejo. Sólo tengo uno pequeño, y gracias a eso mi odio hacia mi cuerpo ha disminuido considerablemente: la respuesta es no verlo nunca.

Observo en ese minúsculo espejo que mis párpados están arrugados, que mis ojeras siguen oscuras, que mi piel no es tan suave como antes y prefiero dejar de mirarme, antes de volver a sentirme mal. Agarro el cepillo de dientes mientras hierve el agua: mis dientes están putrefactos, ayer olvide cepillarme otra vez después de comerme un chocolate, o un pedazo de pastel, así que me cepillo muy fuerte, mientras siento el sabor de la sangre combinado con la menta de la pasta dental. Termino e intento peinar mi cabello. Lo odio también, porque está reseco y se está cayendo. Todos dicen amar mi cabello, y me preguntó por qué yo no puedo.

Me sirvo una taza de café muy cargado y sin azúcar, lo bebo en cuestión de segundos y subo a la cocina a prepararme alguna merienda grande, y si no encuentro insumos, me enojo y no ingiero nada más que el café. Hoy es otro día para morir lentamente, y para no decírselo a nadie.

miércoles, 29 de julio de 2020

Infierno


Hoy confirmé por fin que el infierno está aquí.
Todas esas historias de ángeles y demonios son sólo metáforas de lo que nos rodea, y yo estoy condenada al castigo eterno con breves temporadas de descanso en el paraíso, cuando ya estuve mucho tiempo en la oscuridad.
Mis pies son glaciares que hicieron naufragar barcos fantasmas, y ésta vez están quietos en mis sábanas.
Me he acostumbrado a dormir al borde de la cama, y dejé almohadas dispuestas junto a mí, imaginando que son tu cuerpo. Mis ojos están condenados a no cerrarse desde hace mucho, así que estoy frente una pequeña pantalla, leyendo banalidades mientras tu cuerpo imaginario me acompaña. 

2:00 am

Complicidad. ¿Cómo definirla entre nosotros? Para mí era el silencio entre nosotros. Uno que no me incomodaba, sino que abrigaba mis pies para que no fueran como los de un cadáver. Paz. Quietud. Eso era lo que yo entendía.
Pero para ti, no era eso.

3:00 am

Es hora de tensar fibras más delgadas que cabellos al máximo. Mis ojos sufren por la luz de la pantalla, pero es un sufrimiento que distrae al de mi alma. Mis pies no sólo están congelados: están cansados.

4:00 am

Veo una imagen que me recuerda a ti, y mi cabeza explota. Soy mil cántaros que destilan todo el dolor que tengo dentro. Lloro unos minutos con tanto dolor que empiezan las náuseas, pero me detengo. Mis pies están tan fríos que me duelen. Estoy tan vacía que empiezo a rellenar me de mi propio sufrimiento. Se crea una espiral, un calvario inagotable. Una gigantesca tormenta de lágrimas que no termina, que parece durar años, pero solo fueron unos minutos. El concepto espacio - tiempo se pierde para mí.

5:00 am

Me canso de tanto. Veo a mi izquierda y la cuchilla está en el lugar exacto dónde la dejé la noche anterior. La tomo y la observo. Cada día está más oxidada, pero el filo sigue intacto como un perfecto final que recorrería todo radio - cubito, como Moisés partiendo en dos el mar rojo que llevará a su pueblo a la libertad. Una pequeña cuchilla es mi libertadora.
Pero soy cobarde.
No huyo. 

6:00 am. 

Mis lágrimas están casi secas, mi cabeza estalla de dolor, mi cuerpo está intacto y dejo la cuchilla en mi mesita de noche. Abrazo las almohadas, imaginando que son tú, y recién ahí puedo dormir. Mi rostro termina de secarse y por fin puedo dormir.

Mi ritual se repite desde el día que morí. Desde el día que te fuiste.

martes, 21 de julio de 2020

Tritón abismal.


Cuando el sol se oculta en el ocaso
bajo el mar se refugia
muy profundamente
para no descansar
sino convertirse en tus ojos.
Éstos brillan ciegos
cómo cuarzos tallados por las olas
bajo aguas temperadas
y regiones hostiles
en un nigérrimo abismo.
Tus escamas negras
y tus grandes aletas,
todo ello imposible de encerrar
en un acuario.
Tú eres el mar y el sol al unísono.
A pesar de vivir en una noche eterna
yo escogí hundirme a tus vastas aguas
para quedar ciega como tú,
pero igual de luminiscente.
Tu perfección es oscura
y muy difícil de comprender
pero tú y tu morada
juntos afinaron
mis noches eternas.
Desgarra mi carne con tus colmillos,
devórame.
Hoy seré tu presa
y mañana
mi sol serás tú.

martes, 14 de julio de 2020

Tú no lo sabes (escrito el 30/06/2020)


Tú no lo sabes
pero cuando estoy sin ti
es cuando más presente
estás.
Tu figura forma un fantasma cálido
dentro de mis sábanas
y tus ojos se incrustan
como gemas en mi frente.

Tú no lo sabes
pero me duermo abrazando
una almohada
o mejor dos
Imaginando que son tu espalda,
tu lomo de león.

Tú no lo sabes, pero te respiro
en la ausencia.
Te brindo con una botella
o mejor dos.

Tú no sabes o no supiste
que siempre te tuve conmigo
en cada noche
ausente de ti.
Siempre presente en cada fibra,
en cada átomo de mí.
Así tu ausencia
se tornaba dulce
o tal vez un poco amarga,
o mejor los dos.

domingo, 12 de julio de 2020

Papiro


Te desanimaste de mí, como quien rechaza y corta de raíz las rosas que se han secado, sólo para dar lugar a frescos claveles, que aunque no se comparen en absoluto a una rosa, están jóvenes y llenos de vida. No como yo: marchita y totalmente seca.
A pesar de que mis lágrimas fueron fundidas con el sol, me sequé, y ahora soy como un antiguo papiro en tus manos, que te cansaste de sostener y ahora dejaste con una historia incompleta y a punto de deshacerse en el olvido.

El peso del mundo


He perdido todos los sentidos ésta noche.
El mundo se derrumba junto a mí, y a pesar de que tuve las fuerzas para sostenerlo por ti, dejaste que se venga sobre mí y me aplaste hasta hacerme añicos.
Todas las noches tuve sueños en los que sólo pude abrazarte, a pesar de la distancia.
No me importó nada. Ignoré las manos tendidas hacia mí, porque sólo quería tocar las tuyas, así tuviera que atravesar una cámara de torturas en la que no puedes respirar más la brisa del mar, o el viento que entre los árboles se cuela.
Fui capaz de soportar el peso de todos los cadáveres que dejó la guadaña del 2020 sólo porque tú eras mi única luz al final de todo, pero te apagaste, y eres ahora como un zombie.
¿Por qué te sigo amando si ya estás muerto? Qué hago para traerte de vuelta?
Si tengo que arrancarme el corazón para que vuelvas lo haré, aunque me cueste mi propia vida. ¿Qué más da? Ya lo perdí todo.
En un segundo tenía todo, y ahora, nada.
Sin ti no tengo nada, ni siquiera a mí misma. Te llevaste contigo lo último que quedaba de mí, la última voluntad que tenía para continuar atravesando ésta mala broma que el mundo nos juega. Ahora, ¿Qué más da?

martes, 19 de mayo de 2020

Marinero


La ausencia de uno mismo duele, pero qué pasa si encuentras a quien te hace encontrarte?
Un guía que busca entre tus caminos más intrincados hasta llegar a tu alma. Un marinero que te ayuda a conseguir ese tesoro que estuvo años oculto en alguna isla paradisiaca... Y es así como llegas a la conclusión de que el tesoro no importa. Sólo apoyar tu cabeza en el hombro de ese marinero, y quedarte para siempre en esa isla, sin nadie alrededor, sin nada más que él y la brisa del mar. El mundo ya no importa, ni la tecnología, ni esa horrible ciudad que dejaste atrás... Pero no.
El te regresa al barco para llevarte a tu hogar, a la ciudad que tanto odias, solo para dar media vuelta y marcharse. Su retorno es indefinido, y puede que sea utópico.

domingo, 26 de abril de 2020

Cadáver luminiscente


Sólo puedo recordarme a mí misma como un cadáver que volvió a la vida por un instante.
No es la alberca ni el jacuzzi. Tampoco fue el mar, aunque no lo creas.
Sólo fueron tus brazos.
En ésta historia sólo tus brazos son protagonistas, acompañados de grillos, estrellas y la alberca. Yo era una sirena.
Tú eras pescador, y me sacaste de tus redes para tomarme y contemplarme.
Tus ojos incrustados en mi cintura, y una quietud que ni siquiera el sonido del agua podía romper, sino acompañar, con la misma delicadeza con la que una flor de loto se desliza y danza con su propio reflejo al compás de un viento suave.
Ese día brillé un poquito. Estar viva me hizo bien, sólo hubiera deseado no morir otra vez
al arrancarme de tus brazos.

sábado, 18 de abril de 2020

Autofagia


Hay una tonelada de escombros cuyo peso apenas puedo soportar.
Está todo dentro de mí cabeza. Puedo sentir cómo un mar tormentoso la mueve y provoca en mí los dolores más críticos. Mi situación ya de por sí es crítica.
Te imagino en el sofá, recostado sobre los muslos de tu verdadera mujer, con un gran tazón de papas fritas y una calidez acogedora que no está destinada para seres miserables como yo.
Tu hogar ya existe, ni fue necesario que el mundo entero nos separe para aclarármelo, pero aún así, lo hizo.
Ha pasado sólo un mes. Parece tan corto ante la percepción de mi inmortalidad, pero se sintió como siglos, todos ellos en una prisión cósmica en la que yacen mis propios cadáveres. Todos mis cuerpos, todas las veces que morí.
Éste último no me agrada tampoco, no es perfecto. Pero ya puede comerse a sí mismo y sobrevivir a torturas aún peores que la soledad perpetua.
Mientras tú sigues recostado en los muslos de ella, comiendo papas fritas, yo sigo soportando el peso de universos destruidos en mi cabeza, sobre sábanas de hielo, comiéndome a mí misma.

viernes, 10 de abril de 2020

Cortejo fúnebre.


Mi perfil alzado en nuestra de mi más petulante soberbia fue lo que siempre demostré a aquellos que no sentían lo mismo que yo, después de un largo luto humedecido con llanto y recuerdos extintos.
Pero ahora, el miedo al abandono se ha transformado en la fobia más grande. Tanto así que preferiría tener arañas venenosas en todo mi cuerpo.
Me hizo recordar a mi última navidad, verano en el hemisferio sur que se convirtió en una estaca de hielo atravesando mi pecho con palabras de mi penúltimo amor.
Ahora tú, el último de ellos, también decidiste atravesar mi pecho con una estaca aún más gélida y filuda. Una con espuelas para que, cuando intente quitarmela, el dolor sea aún más fuerte, así que no me la quitaré. La dejaré ahí hasta que se derrita con lo poco de calor que me queda, hasta que sólo quede un gran hoyo en el que podrás ver a través de mí las expectativas que nunca pude cumplir para ti.
Mi ser es ya un cortejo fúnebre. Estoy más muerta que nunca, pero aún no me pudro. Algunas palabritas tuyas me dan calor y tragos de formol, para conservarme. No sé cuánto tiempo más me quede.
Mis últimos días quisiera que fueran contigo, mientras me vas embalsamado y pruebas en mí vestidos que te gusten pero que me cubran de miradas que no sean la tuya. Mi cadáver ya es tuyo.

miércoles, 8 de abril de 2020

La traición más grande.


Excusas. Todas son excusas. Estoy por destruirme como un cristal cayendo al pavimento...
Es en esos momentos que ellos se van.
Hoy te fuiste también. No hubo ni siquiera un adiós. Sólo palabras de odio, resentimiento. No hubo nada que yo no hubiera hecho por retenerte, pero quisiste irte, y te dejé ir.
Podría batir récords mundiales que consistan en ganarme el odio de alguien mientras más lo amo. Es inexplicable.
Estoy encerrada en un cubículo del que quise escapar para volar. Emprender un vuelo infinito hacia el mar, pero tú y tus pensamientos nigérrimos me proyectaron entre brazos ajenos a los tuyos.
¿Será que para eso nací? ¿Para ser una prostituta accesible, más no para ser amada? Yo nunca fui ni quise pertenecer al cuerpo de nadie, sólo entrelazarme con un alma que me jure el utópico amor eterno que siempre quise, una que pensé sería la tuya.
Te fuiste igual que ellos.
Te fuiste odiándome sin razón alguna
Y me dejaste encerrada en mismo cubículo en el que me dejaste:
desolada y con todo un universo de posibilidades que sólo quise compartir contigo, y que no caben aún en mi cabeza.
.. Pero te fuiste.

sábado, 28 de marzo de 2020

El último graznido


Mi búsqueda concluyó por fin. Encontré un pequeño riachuelo en el que puedo refrescarme. Me siento tan cansada...

He atravesado los lugares más inhóspitos, dejé rastros de mi propia carne en la infinidad de mi camino.
Dejé todo atrás: mi hogar, mis sueños y mi propia identidad. Todo por ti. Por un poco de ti.
Pero no obtuve nada.
No importa a dónde vaya, ni en qué brazos me pose. Todos se van al final. Todos me dejan sin comida, sin bebida. Les asquea mi aspecto enfermo y mis graznidos.
Pensé que serías quien por fin me diera un hogar eterno en su lecho, pero no.
Ya puedo sentir el asco en tus palabras.
Los pretextos para enojarte, las ganas de darle hogar a otras aves.

Hoy me rindo
y éste es mi último riachuelo antes de volar hacia el sol, para sentir un calor que me calcine. La ausencia de toda luz me fue negada, así que tendré yo misma que ir a ella
aunque muera en el intento.

sábado, 21 de marzo de 2020

Caballito de mar


Entre algas neón y corales brillantes te mueves, muy despacio.
Cuidas hijos ajenos, porque naciste para ello: Eres protector del océano, de los más inofensivos.
Te mimetizas cuando buscas alimento pero cuando me ves, te vuelves arco iris.
No creo merecer tanto, o quizás nada...
Soy un pez opaco que se perdió entre plástico y plancton. Sobrevivo contra mi voluntad, pues sólo quisiera ir a la superficie a darle una última mirada al ocaso.
Tú eres un caballito de mar, viviendo entre los tuyos.
Ella también lo es, y viven juntos.
¿Por qué me escogiste a mi?
Y a pesar de que aún tu cola esté entrelazada con la suya, tu cínica mirada no se despega de mi.
¿Por qué no me dejas ir?
No importa si trago micro plásticos a propósito, no importa si me dejó atrapar por pescadores.
Me salvas una y otra vez,
Aunque sé que algún día dejarás de hacerlo
Y me dejaras flotar, sin vida, cuando las olas se tornen púrpuras.
Y tú seguirás allí, con la colita entrelazada
a la de ella.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Cuarentena


Es la primera vez que el mundo me entiende, y estoy tranquila.
Veo cómo sienten miedo, cómo están todos aterrorizados, como nunca antes lo estaban. Se siente tan yo.
Las angustias los hacen comprar cosas que no necesitan, cosas que nunca usarán sólo para sentir alivio en sus despreciables vidas. Sólo para llenar todos los agujeros en su alma. Se siente muy yo.
Veo cómo se llenan de ira, y explota el termómetro haciendo salpicar todo el mercurio en sus propios ojos, intoxicándolos más que una enfermedad inventada.
Están solitarios algunos, otros en caos absoluto, pero nadie libre.
Enjaulados todos, como enjaulamos aves o lagartos.
Por fin están cara a cara consigo mismos, aterrados con lo que ven en el espejo. Hartos de lidiar con sus propias quemaduras, ocasionadas por sí mismos. Ésto es más yo que cualquier otra cosa.
Pero su temor, el más absurdo.
La muerte.
El eterno descanso es lo que temen.
Y eso sí que no es tan yo.
Hoy el mundo sí me entiende, pero no completamente.
Su miedo por la muerte es un síntoma, pero para mí, la cura más potente.

sábado, 29 de febrero de 2020

El hombre biónico


Sacudo los últimos residuos de cenizas que quedan en mis sábanas. Las sobras de lo que fue un festín la noche anterior.
Tengo un pensamiento recurrente y éste es color canela.
La dopamina está por los cielos y el vodka casi lleno. Es raro que yo no haya bebido.
Y es porque no necesité adormecer mi cuerpo para aliviar sus dolores, porque la respuesta estaba en intensificarlos con cornadas, cual toro en medio de un ruedo, y yo, incapaz de defenderme.
Las cortinas permanecen cerradas para ocultarnos de un mundo que nos hizo tanto daño, pero aquí estamos, con los dedos entrelazados, marihuana y un tornillo.

martes, 25 de febrero de 2020

Congelamiento


El clonazepam me adormeció fuertemente y lo más grato es la ausencia del sentir. Poco a poco mi cuerpo va convirtiéndose en un iglú. Un refugio en el que sólo necesito recuperar energías para continuar una larga travesía. Mi casita de hielo pasó a ser mejor aliado que los pequeños cubitos en mi whisky en las rocas. Mi poder crece día a día, y tú te vas debilitando. El día que mueras, recibiré todo tu poder, y es por ello que tengo prisa, pero pánico al unísono: no podría imaginar un mundo sin ti... Realmente valdrá la pena absorber todo de ti? Te tendré dentro de mí, pero la ausencia de tu voz cálida una última vez me hará morir. ¿Cómo se muere estando muerta? Claro que hay respuesta para eso: el olvido.
Creo que siempre te amaré, y espero, con toda la fuerza que me queda, equivocarme.

Impulso.


Camino rápidamente por esa gran avenida que conozco tan bien, sólo para llegar a esa panadería de aquella esquina, por la cual doblaba y te encontraba.
Caminé haciendo retrospectiva por todos los lugares que me hiciste conocer en tan corto tiempo, todos ellos marcados por una presencia nuestra que ya casi es fantasmal.
Caminé sólo para llegar a dos cuadras de tu morada, pero sin atreverme a cruzar la pista, y subí en el primer bus que llegó a mi rescate, como si quisiera huir de allí. Creo que aún no estoy lista.
No estoy lista para ser tu amiga.

jueves, 20 de febrero de 2020

Enfermedades tropicales


"Cuéntame un cuento", pensé en voz alta, y una voz de niña torpe salió de mí, después de haber compartido pieles como adultos irresponsables y despreocupados sobre un colchón desgastado. Tu respuesta no fue más que una mirada sonriente y un beso. Me molestaba mucho que me abrazaras y me dieras los besos más complejos. Hacíamos física cuántica con la boca mientras el ventilador refrescaba nuestras piernas cansadas, nuestros torsos sudorosos.
Y ante tu fluidez de no palabra, sólo atiné a decirte el por qué de todo. Por qué el amor es la más peligrosa de las enfermedades. Por qué mi temor de sentirlo contigo, y por qué mi renuencia a cielos desconocidos: tus cielos.
Resultó que compartíamos la misma fobia, pero aún así, no me dejabas ir. Te convertiste en una vid que se enredó en la rigidez de mis músculos, no me dejabas ir, hasta después del desayuno. Eran ya tantos desayunos falsos, con comidita de mentira y tacitas vacías que mi ira comenzaba a emerger. Antes de que el calor nos ahogue, corté tus ramas, con la promesa tuya de volver a crecer y volverte a enredar a mi alrededor.
Tengo que cortarte de raíz, igual que a todas esas plantas venenosas que sólo me produjeron enfermedades tropicales: algunas suaves; otras, muy severas; pero la mayoría, incurables.


viernes, 7 de febrero de 2020

Refugio oxidado


No tuve escrúpulos a la hora de irme.
Decidí abandonarte.
Hubiese sido una vorágine de amargura, pero al final sólo fue una despedida a medias y la más insípida apatía la que salió de mis pies andantes.
Encontré refugio en tantos brazos que perdí la cuenta. Soy poderosa.
Mi poder radica en el hipnotismo de cuerpo y rostro. Nadie puede decirme que no.
La magia del hogar roto me hizo desvanecer el complejo de electra, y absorber juventud de cuerpos ajenos. Una que me calmó con esperanzas breves y que aún se presentan difusas cada madrugada.
Todos mis refugios, igual de tenues que mis pensamientos, igual de rotos y oxidados, en lo más profundo del océano como submarinos hundidos, todos ellos mesiéndose en un vaivén de complicidad que nos hace sentir vivos un poquito más.

jueves, 23 de enero de 2020

Latidos


Me encuentro en lo más profundo del océano, dónde el agua hierve y casi no hay vida. No es molesto para mí, ya que mi cuerpo deambula sin vida entre pedazos de submarinos hundidos y pequeños peces luminiscentes de grandes colmillos.
La ausencia de luz me hizo sentir ciega, pero agudizó el resto de mis sentidos. Recuerdo los latidos de tu corazón, el ritmo imposible que tenían. Y fue allí cuando recordé los latidos de todos mis amantes. A veces eran agitados, como si tuvieran prisa en detenerse. Otros eran lentos, de quietud relajante y somnolienta. Los tuyos no los puedo definir aún. Están entre lo lento y lo rápido. Ni negros ni blancos, sino de todas las tonalidades posibles de gris. Eres un paisaje gris, en el que me recuesto y puedo dormir, pero tu ausencia me mantieme con los ojos muy abiertos en las profundidades. Te busco, incluso en mis sueños, pero no hay rastro de ti. Tus latidos aún los oigo, pero tan lejanos como la superficie misma.

domingo, 19 de enero de 2020

Alquimista


Como los dioses, me fue dado ser creadora. Es un don que nunca supe aprovechar.
Ser perfeccionista es una roca en mi camino que me hirió severamente de tantas veces que la he pateado.
Podría crear formas extrañas de vida, mundos que no existen pero, al percibirlos, podrías adentrarte en ellos, hasta que ésta asquerosa ciudad te despierte de ese sueño lúcido con el sonido de un claxon.
Me fue dado un don a cambio de mi sensatez. Y aquí estoy, desperdiciándolo en algo tan simple.
Soy una alquimista que ha experimentado con alcoholes, con alquitrán y muchas otras sustancias, hasta encontrar lo único que me fue negado: una sonrisa real.
Qué tan difícil es ser feliz si puedo crear vida? La felicidad es más difícil que darle un corazón a una botella de plástico?
No lo sé. La receta es imposible. Sigo experimentando, y sigo fallando.

miércoles, 15 de enero de 2020

"Blue Andrey" (Escrito el 20/10/19)


No fue suficiente la distancia, ni refugiarnos en mil cuerpos más. Aún vives en un pequeño lienzo arrinconado entre algunas pertenencias casi olvidadas.
No importa qué tanto sonrías, yo puedo ver cómo te duele hasta las entrañas. El dolor de tu alma me seduce, en parte.
Recuerdo aún las luces de mi lámpara dibujando tu silueta de azul, verde y dorado. Mi alcoba era una pecera, y yo te tenía: Una especie ya extinta, sólo mía, que daba vueltas a mi alrededor casi amenazante, pero más inofensivo que algas insípidas.
El espacio que hay entre nosotros supera al del Pacífico y el Atlántico, a pesar de estar exagerando. Sé que la culpa te carcome la cabeza, obstruye tus branquias y arranca tus escamas en un suplicio infinito, pero yo estoy aquí, amigo mío, así ya no pueda tener tu cuerpo, así hayas sido amante, así hayamos lastimado todo lo que hay en nosotros. Aquí estoy para darte absolución y llevarte al mar, alimentarte y contemplar cómo danzas a mi alrededor otra vez, pero ahora libre.

domingo, 12 de enero de 2020

Ropa de fiesta.

5:45 a.m.

La luna se despide de mí tras ocultarse en la luz del sol. Mi caminar es constante y apático mientras cruzo el parque. Un anciano alimenta a las palomas y me lanza una mirada de indignación: ¿Qué hace una mujer en la calle a esas horas, y con ropa de fiesta?
Yo no soy una mujer, y mi ropa no es "de fiesta". Soy un espectro que divaga en los alrededores de su antigua morada. Estoy recogiendo mis pasos, que se desvanecen tras el humo de mi cigarrillo. Soy una tonta disfrazada de chica mala. Un pedazo de noche que se perdió en la mañana mientras buscaba algo para desayunar y así aliviar las quemaduras en mi estómago, heridas consecuentes de mi inapetencia y la falta de voluntad por continuar. Ayer la pasé bien, estuve rodeada de amigos verdaderos, pero es tan breve todo lo que me hace bien, que cuando termina, sólo quisiera que nunca más regrese. Tal vez así duela menos.

miércoles, 8 de enero de 2020

Su alteza de la noche (capítulo final)


Cleopatra, por John William Waterhouse


Su alteza de la noche vuelve a mí.
Ésta vez dócil y cruzando la delgada línea entre la lástima y el querer.
Pasó de ser parte de la realeza a un simple plebeyo
o incluso
menos que eso.
Eres ahora un mendigo. Estás tras de mí a rastras, implorando por migajas de recuerdos que ya casi no veo. Me imploras sólo a mí.

Su alteza de la noche soy yo ahora.
Soy tu zona de confort, tu ventana por la cual escapas y te pierdes entre la seda negra de mis vestidos.

Las ofrendas que te hice hace tanto tiempo hoy me fueron devueltas con grata multiplicidad, con la sangre en tus rodillas.
Tus súplicas y humillaciones ante mí son complacientes, y te acercas como una cucaracha buscando la oscuridad.
Soy yo ahora soberana de tu cuerpo y alma, pero mi reino está vacío. Fue saqueado por el más ingrato de los verdugos: el tiempo. Si te tengo, no tengo nada. Nunca habrá nada.


Más que un simple amante

"Sonno di Rugiada", por Roberto Ferri

Mís miedos son inmunes a la oscuridad, y se convierten en filias cuando mi cintura le pertenece a alguna fría mano casual.
Esa noche me tocó llevarte a mi escondite, con sigiloso caminar, casi criminal al ir ambos a hurtadillas, y te deslizo por mi puerta, mi ventana o el balcón.
Esa noche resulta ser una pintura, con diferentes matices y a veces difusa, desenfocada por anteojos que se evaporan en mi garganta. ¿La poción de amor o la de la pasión? Por lo general suele ser la segunda.
Pero tú, con tus grandes ojos y tus manos gélidas me hicieron querer hacerte más.
Quise llevarte a casa y que no te vayas si sale el sol, incluso retenerte para que viéramos juntos el ocaso... ¿Y por qué no más de uno? Convirtámonos en coleccionistas de mediodía, intercambiemos el control remoto de la tele y las sandalias. Quédate conmigo siempre, sé mío más tiempo, más que un simple amante.