"Despertar" tiene un significado distinto para muchos, incluso si nos referimos a la cotidiana tarea de levantarse de la cama por la mañana. Lo pintan como algo positivo: "un nuevo día", "a levantarse con el pie derecho", etc. Pero para mí sólo es el inicio de la tortura.
Admiro la capacidad de muchas personas para levantarse puntualmente a las 5 o 6 de la mañana, y que tiene una hora para darse una ducha, vestirse, perfumarse, MAQUILLARSE, tomar el transporte público o acomodarse en su propio transporte y cumplir con la ruta que los llevará a sus respectivos centros de labores.
Hace mucho que yo prescindí de ese método medieval para torturar a una persona que recién abre los ojos por la mañana, pero hoy no podría decir que me resulta muy distinto.
Logré habituar mi trabajo a mi incorregible horario de sueño, que por primera vez en dos décadas se volvió regular (?). Solía sentir sueño cada dos o tres días, y el resto mis ojos estaban más abiertos que los de una lechuza, las ojeras hasta el suelo y haciendo mucho ruido lavando bastidores en la madrugada, por lo cual los vecinos se quejaban constantemente.
En fin, ahora, como una persona "civilizada", me da sueño cerca de las 11 de la noche, y despierto usualmente a las 8 de la mañana. A veces a las 9, si es que me forcé la noche anterior a llegar hasta la medianoche despierta.
Tener un horario como ese no garantiza la calidad de vida, esa es una gigantesca mentira que siempre nos han querido imponer. Es por ello que, ni bien abro los ojos, sólo puedo quedarme inmovil por un largo rato. Observo a mi alrededor y todo está igual: el piso lleno de tierra a pesar de haber barrido la noche anterior, pa mesita de noche abarrotada de cosas, a pesar de haberla ordenado hace pocos días. Sé que mi taller hecho un desastre, a pesar de haberlo ordenado también hace poco tiempo... El gigantesco agujero en mi estómago se abre y empieza a succionar más aire del que mi cuerpo puede soportar. Mis ojos, secos por mirar mucho el celular la noche anterior, me duelen. Abrirlos duele.
Siento, de inmediato, mucha tristeza, soledad, abandono. Es una sensación que no le deseo ni a mí peor enemigo. Después siento rabia y pienso: "¿Por qué tuve que despertar? ¿Por qué no puedo morir mientras duermo?" Y es allí cuando veo, a mis pies, un pequeño bulto peludo: mi gatita, profundamente dormida, enferma e inapetente. Me doy cuenta que aún alguien me necesita, y trato de moverme. En todo éste lapso de tiempo de autotortura ya ha pasado una o dos horas.
Finalmente me muevo, tomo el celular y veo la hora. A veces me tardo más, y a veces, menos. Intento sentarme en mi propia cama pero los dolores lumbares cada día se superan, otro motivo más por el que quisiera jamás despertar.
Reviso mis anotaciones en la pizarra blanca. La puse frente a mi cama para tener que estar obligada a verla, de lo contrario, pasaría desapercibida totalmente. Si la veo llena de anotaciones, me animo un poco: la sobrecarga de trabajo es un anestésico a mi dolor del alma, pero totalmente contraproducente a mis dolores físicos. Eso no me importa, pues lo físico llega a ser soportable a veces: cargar varios bastidores, paquetes de compras para abastecerme de stock, hacer colas en el banco y probar nuevos límites en mi paciencia e incluso, soportar el mal humor de mis proovedores o, peor aún, el mío cuando éstos hacen mal su trabajo. Estoy segura que ni siquiera el diablo quisiera lidiar conmigo cuando estoy enojada. Recuerdo que ese es el por qué de mi soledad infinita, y paso de la ira al llanto instantáneamente.
Luego de haber pensado en ésto, de haber llorado, de haberme enojado y reído con ganas, todo en un corto lapso de tiempo, por fin logro ponerme de pie.
Limpio la caja de arena de mi pequeña, barro aquel espacio y lo dejo impecable. Me lavo las manos y le sirvo más comida y agua en los platitos. Termino con ella y trato de dedicarme a mí misma.
Me veo al espejo. Sólo tengo uno pequeño, y gracias a eso mi odio hacia mi cuerpo ha disminuido considerablemente: la respuesta es no verlo nunca.
Observo en ese minúsculo espejo que mis párpados están arrugados, que mis ojeras siguen oscuras, que mi piel no es tan suave como antes y prefiero dejar de mirarme, antes de volver a sentirme mal. Agarro el cepillo de dientes mientras hierve el agua: mis dientes están putrefactos, ayer olvide cepillarme otra vez después de comerme un chocolate, o un pedazo de pastel, así que me cepillo muy fuerte, mientras siento el sabor de la sangre combinado con la menta de la pasta dental. Termino e intento peinar mi cabello. Lo odio también, porque está reseco y se está cayendo. Todos dicen amar mi cabello, y me preguntó por qué yo no puedo.
Me sirvo una taza de café muy cargado y sin azúcar, lo bebo en cuestión de segundos y subo a la cocina a prepararme alguna merienda grande, y si no encuentro insumos, me enojo y no ingiero nada más que el café. Hoy es otro día para morir lentamente, y para no decírselo a nadie.