Mi frutero está vacío y se enfrió el café con leche que me preparé. Es el mismo que tanto te gustó, y que yo rechacé volvertelo a llevar. No sé por qué lo hice.
No sé por qué una fuerza me detiene cada vez que mis impulsos me quieren llevar a tus brazos, y dormirme embriagada del perfume de tu pelo rizado.
Hoy, sentada en ésta enorme mesa de vidrio y cedro, viendo mi reflejo demacrado, decir que te extraño es poco.
Te añoro, te anhelo. Deseo tanto tu presencia junto a mí que me hace perder la cabeza.
Pensé que alejándome estaría mejor, pero ya es muy tarde.
Mis lágrimas silenciosas se preguntan si tambien me extrañarás, pero mi mente, ya demasiado enferma, me sugiere que ni siquiera piensas en mí. Quedé en el olvido y mis huellas por fin se borraron de tu balcón. Tus ganas de mí ahora le pertenecen a otra, o tal vez a nadie.
Llego a la misma conclusión de siempre: el abandono de mi padre.
Quiero gritarte que te extraño, y abrazarte por horas, hasta fusionarme contigo y desaparecer en tu cuerpo. Gritar que no puedo estar sin ti, que te necesito. Pero mi boca permanece cerrada. Mis ojos resecos de tanto ver la pantalla, esperando que respondas mis breves mensajes, que no dan mucho a entender de todo lo que pesa sobre mis hombros, pero tu silencio es más crudo que la frialdad de mis textos.
Decir que te extraño es poco. Decir que te quiero es poco. Decir que te necesito, es menos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario