Llego a un hogar roto, como aquella pieza que podría repararlo, pero mi intención solo es huir de la caja en la que fui olvidada, como una antigüedad sin valor. Kari, tu hija, sonríe y me hace recordar a mí, cuando no quería hacer las tareas y prefería dibujar en mis cuadernos, pero ella lo hace en su portátil: Los tiempos cambian.
Tú me recibes con una alegría muy breve, y te desvaneces en mis brazos, muy débil. Te ayudo a recostarte y leo un libro mientras tú descansas junto a mí.
Dicen que el amor más puro es aquel dónde no hay sexo, y hoy pude dar fé de ello: el único contacto que tuvimos fue el de ese abrazo que nos da unos momentos de vida y un beso en la frente. Los temblores en su cuerpo tienen a su cabeza como epicentro, la cuál emite descargas eléctricas que recorren sus nervios hasta hacer cortocircuito, colisionando en su piel. Así lo convierten a él en un lugar inhabitable, que sólo yo me atreví a explorar y cuidar.
Así es como cada luna nueva rodeo su delgadez con mis brazos, y lo lleno de caricias cuando lo siento quebrarse, para así unir todas sus piezas y evitar que colapse.
Cuido de él con la misma dedicación que un arqueólogo le pone a antiguas ruinas a punto de destruirse, pero invaluables, como él.
Amanecemos sin la resaca de nuestro propio sudor, y me despido dejando un rastro de migas de pan, como Hansel y Gretel, esperando que me encuentres también en mi solitaria morada.

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