Mis sentidos están en un vaivén por los ansiolíticos. No puedo percibir más que la suavidad de mi cama solitaria, impregnada sólo de los pelitos de mi gata.
Hoy, que tuve un día libre por primera vez en tanto tiempo, pude percibir con la mayor nitidez, el ápice de mi soledad.
Porque una botella fría de líquido adormecedor se puede evaporar en mi garganta, o las altas dosis de somniferos adormecer un poco éste dolor calcinante bajo mis párpados, que me hacen erupcionar y queman mi rostro. La soledad son lágrimas que te lloro a ti, a él y a todos aquellos a quienes tanto me aferré, y que nunca pudieron quedarse. Cada mirada contenía un tesoro distinto, uno que sólo contadas veces pude ver brillar, pero se apagaban al verme tornarme azul.
Hoy sólo pienso en el mar, las gigantescas ventanas de vidrio, las copas de vino y la música de Fiona Apple. Un sueño hecho realidad hace tanto tiempo. Uno de los mejores días de mi vida. Y tan cerca estuve de repetir ese momento perfecto... Pero el autosabotaje pudo más.
Me odio.
Me odio.
Me odio.
Me odio.
Me odio por rendirme tan rápido, pero no puedo luchar: mis armas están desgastadas y listas para destruirse al primer ataque tuyo.
Sólo una última caricia de tus manos. Sólo un beso en mi frente, un abrazo, una sonrisa, y podrás resucitarme de éste lujoso mausoleo sin salida.

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