miércoles, 4 de julio de 2018

De la luna, caí al infierno: La tierra.


Luna acuosa. Me deslicé por el tul plateado que la luna dejó caer sobre un bosque de naturaleza durmiente. Uno casi muerto, vetusto y deprimido.
Mis pies están helados y quiebran las ramitas al andar, emitiendo moribundas fracturas en cedros cadavéricos. No quiero estar allí.
Miro hacia arriba. Las estrellas, ausentes y cubiertas por una inmensa telaraña que dejó el sol: hace de la neblina mi enemigo, pues me deja ciega y perdida. No puedo ver.
Oigo cantos de aves y después me doy cuenta de que todo fue un sueño. No hay bosque ni neblina, pero aún sigo en el infierno.

Sin sueño (22/05/2017)


Cada suspiro duele. Es como inhalar puro veneno, y en cada exhalo sólo se me va la vida, dejando dentro de mí sólo horrores que desconozco, pero me van carcomiendo de adentro hacia afuera.
Estoy intentando dormir, pero mi estómago se revuelve con la presión de esos tentáculos que me asfixian cada noche, aferrándose también a mi garganta como si no fuera suficiente una sobredosis de somníferos.
No es suficiente caminar descalza sobre clavos oxidados ni vidrio molido. Tampoco lo son las insinuaciones indecorosas en el resplandor de la botella de whisky en mi mesita de noche.
Whisky y somníferos, parecen una válvula de escape hacia mi tan ansiada libertad. ¿cuándo me atreveré? ¿cuánto más durará la tortura de respirar? No sé si soy valiente o cobarde, he perdido la noción de la realidad. El vacío es infinito. Ni oscuro ni claro: indefinido. La duda me mata más que la vida.