Mis pies están helados y quiebran las ramitas al andar, emitiendo moribundas fracturas en cedros cadavéricos. No quiero estar allí.
Miro hacia arriba. Las estrellas, ausentes y cubiertas por una inmensa telaraña que dejó el sol: hace de la neblina mi enemigo, pues me deja ciega y perdida. No puedo ver.
Oigo cantos de aves y después me doy cuenta de que todo fue un sueño. No hay bosque ni neblina, pero aún sigo en el infierno.

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