Me desespero ante la falta de culpables, pues siempre debe haber uno y siempre llego a la misma conclusión: mi padre.
Condenada al eterno abandono, pago el karma de aquel que nunca amó a mi madre, menos aún a mí.
¿Cuándo terminará todo ésto?
No culpo a aquellos amores breves, ni a la imposibilidad de amarme a mí misma. Porque es muy fácil para todos recriminar tu falta de amor propio como si ustedes se odiaran menos a sí mismos de lo que yo lo hago conmigo...
Todos nos odiamos. No queremos estar aquí, siempre queremos más. Siempre llevamos carencias y yo lo sé. Si no fuera así, el supermercado no estaría abarrotado a éstas horas de la noche, en las que voy con mi carrito lleno y la pesadumbre de un veterano de guerra. Camino como en cámara lenta, sin ningún esfuerzo.
Estoy en modo "piloto automático".
Oigo cómo un niño juega con una pelota mientras su madre espera en la cola de la caja. Siento que esa pelota soy yo. Las constantes patadas que me dan los años, cómo me voy ensuciando poco a poco, pierdo mi valor, me vuelvo vieja, inútil.
Mujeres peleando por un cesto de regalo que contiene aromas trillados y algunos ancianos con la misma inexpresividad que yo, que toman asiento en la cola preferencial porque les pesa el mundo. ¿Qué tan grande será ese mundo? ¿Cuándo llegará el fin de esos mundos?
Y envío a un barril sin fondo mi dinero, por algo más breve que las compras: una cena navideña. Una que antes, para mí, lo era todo. Pero cada año que pasa, más me duele. Mi pensamiento me tortura al preguntarme en qué momento, la pequeña familia que tengo, se irá, al igual que mi hermano. En qué momento me veré por fin cara a cara con la soledad infinita, en su estado más puro, y cuándo ésta me hará, finalmente, perder la cabeza.
Ésta navidad, por fin me perdí. Pero mi cabeza, por más pateada que esté, sigue en mí.