Hay un relave en mi cabeza. Contamina todo mi cuerpo, y la serotonina cada vez más escasea.
Trágame tierra. Sólo quiero huir de aquí. Quiero correr a toda velocidad, una que sea cortante con mi rostro, una que me lleve lo más lejos posible del dolor. Me duele. Ya no puedo más.
La luna ilumina mi patio y yo enciendo mi cigarro con la debilidad de un enfermo terminal. Aspiro el humo que convertirá mis pulmones en brea y reviso mi celular: es tarde.
Me doy cuenta que no duermo hace tres días y no he probado bocado alguno en una semana. ¿Desapareceré si dejo de comer? ¿Mi cuerpo se devorará a sí mismo?
Y recuerdo cómo empezó todo. Empezó tan bien... Pero fue tan breve.
Tú sí sabes lo que es hacerme volar, llevarme lejos. Tú evaporaste el relave y me hiciste olvidar mi cajetilla y el encendedor por unos instantes. No quería morir, quería vivir solo porque tú existías. Pero sólo fue un sueño. Uno en el cual por fin encontré catarsis entre tus brazos, pero éstos me fueron arrebatados.

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