viernes, 10 de abril de 2020
Cortejo fúnebre.
Mi perfil alzado en nuestra de mi más petulante soberbia fue lo que siempre demostré a aquellos que no sentían lo mismo que yo, después de un largo luto humedecido con llanto y recuerdos extintos.
Pero ahora, el miedo al abandono se ha transformado en la fobia más grande. Tanto así que preferiría tener arañas venenosas en todo mi cuerpo.
Me hizo recordar a mi última navidad, verano en el hemisferio sur que se convirtió en una estaca de hielo atravesando mi pecho con palabras de mi penúltimo amor.
Ahora tú, el último de ellos, también decidiste atravesar mi pecho con una estaca aún más gélida y filuda. Una con espuelas para que, cuando intente quitarmela, el dolor sea aún más fuerte, así que no me la quitaré. La dejaré ahí hasta que se derrita con lo poco de calor que me queda, hasta que sólo quede un gran hoyo en el que podrás ver a través de mí las expectativas que nunca pude cumplir para ti.
Mi ser es ya un cortejo fúnebre. Estoy más muerta que nunca, pero aún no me pudro. Algunas palabritas tuyas me dan calor y tragos de formol, para conservarme. No sé cuánto tiempo más me quede.
Mis últimos días quisiera que fueran contigo, mientras me vas embalsamado y pruebas en mí vestidos que te gusten pero que me cubran de miradas que no sean la tuya. Mi cadáver ya es tuyo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario