
Las hadas se reencarnan en violetas
y la brisa traspasa el arcoiris.
Mi canto son semillas
que desaparecen en medio de esta danza,
la danza de este enorme jardín.
Mi cabello recibe dócilmente
aleteos de mariposas y escarabajos,
y sin quererlo, sonrío
y doy vueltas dentro de mi negro vestido
el puntito negro que destruye el color,
el violeno corte entre el vaivén de las flores
y un espectro que a veces es feliz.
Y hoy me tocó serlo.
Esta noche es divina,
se siente por todas partes
minúsculas lucesitas ambientan
este sagrado paisaje.
Y mis dedos se desprenden como esporas,
vuelan a la lejanía del cielo ultramar.
Así anochece.
Me recuesto entre lirios y rosas sin espinas
hasta por fin despertar en casa.
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