miércoles, 1 de septiembre de 2010

El velo de la novia que murió carbonizada


Javier estaba apoyado elegantemente en el balcón de un hermoso salón, fuertemente iluminado por las grandes arañas dispuestas en él. La mitad de él estaba iluminado por esta luz amarilla, y la otra mitad, por el azul del cielo nocturno, con una fuerte luna menguante, casi llena. Conversaba alegremente con su mejor amigo, Fabián. Su nuevo mejor amigo, ya que Diego Hinostroza ya no era ese amigo al que yo lo veía abrazar tantas veces. Ahora Javier había cambiado. Ya no cambiaba de novia como cambiaba de calzoncillo, ya no era ese coqueto muchacho con jovial energía que me llamaba tantas veces al día sólo para salir a caminar, o en la noche para pintar paredes de terrenos abandonados. Ahora él estaba muy lejos de mí y de esos abrazos míos que tanto le gustaban y que ahora ya no recuerda ni le importan. Sólo quiere verla a ella, que hoy se encuentra más bella que nunca, en todo su esplendor y cuando la veo en esas fotos, es casi de otro universo... Piel perfecta, ojos perfectos, cuerpo perfecto, todo es perfecto... a excepción de que había bebido demasiado. Era increíble cómo su cabello seguía como si recién hubiese salido del salón de belleza y su vestido blanco ostra se mantenía impecable a pesar de que se tambaleaba con esa "última" copa de champagne. Su voz era gruesa, parecida a la mía, y su sarcasmo hacía sonreír a Javier tantas veces como yo recuerdo haberlo hecho también. Él la vio acercarse y sonrió como nunca. Ella era bella. Y era su esposa.

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