La Sirenita: la verdadera historia.
La Sirenita (Den Lille Havfrue: literalmente, "La pequeña mujer del
mar") es un cuento de hadas del escritor danés Hans Christian Andersen
(1805-1875), publicado originalmente el 7 de abril de 1837 en la
antología Cuentos de hadas contados para niños (Eventyr, Fortalte for
Børn).
Desde su aparición La Sirenita ganó una inmensa popularidad. Las reedicicones son
incontables, así como las adaptaciones a otros medios como el teatro,
el cine, e incluso el ballet. Sin embargo, la verdadera historia de La
Sirenita, como la de muchos cuentos populares, dista mucho de parecerse a
la que se ha instalado en el imaginario colectivo.
Acaso para
poner a salvo la sensible mente de los niños -que de nada tiene debería
ser salvada- la mayoría de las adaptaciones de La Sirenita ha omitido el
final trágico del original, quizás porque plantea algunas dificultades
insuperables para los adultos. En definitiva, la versión que ha
sobrevivido de La Sirenita asfixia eficientemente todo lo que
inmortaliza un cuento infantil.
¿Cuál es esta versión de la que
hablamos? Aquella que reúne felizmente a los protagonistas del cuento,
la Sirenita y el príncipe, dos personajes separados no solo por la
estirpe, sino por el medio en el que viven.
Ahora bien, la
verdadera historia de La Sirenita posee algunos matices dignos de las
mejores tragedias de antaño, reducida, es cierto, a una especie de
maniqueismo nutritivo propio de quienes ven en los niños unas entidades
más o menos estúpidas, y acaso incompletas.
Hans Christian
Andersen, sutil y profundo adaptador de mitos, plantea una historia muy
diferente. La Sirenita de su cuento es perfectamente capaz de entender y
hablar la lengua de los hombres, ya que en las oscuras aguas de los
abismos aún se recuerda la época en que los seres del océano y las
criaturas pedestres vivían en un conveniente idilio.
La
Sirenita vive en un luminoso reino subacuático con su padre, el rey del
mar, sus cinco hermanas mayores y su abuela. Cuando la joven, un tanto
díscola, cumple 15 años de edad, se le permite ascender y contemplar el
mundo de la superficie de tanto en tanto. Las reglas son claras: una
visita por año es más que suficiente para las jóvenes, y la Sirenita,
que pasó toda su infancia oyendo las historias extraordinarias narradas
por sus hermanas, realiza su primer ascenso llena de anhelos y
fantasías.
Su primer viaje a la superficie la lleva cerca de
los restos de un naufragio, donde un único sobreviviente aún se mantiene
a flote en las aguas turbulentas. Este joven resulta ser un príncipe
notablemente apuesto y de caracter más bien cándido. Enamoradiza como
todas las criaturas del mar, la Sirenita cae rendida ante los encantos
del príncipe, y se propone superar todas los inconvenientes para
conquistarlo. Imposibilitada de seguirlo en tierra firme, la Sirenita lo
salva y lo abandona en la costa, justo al lado de un antiquísimo templo
a las deidades submarinas.
Rápidamente la Sirenita vuelve a
sumergirse para interrogar a su abuela, una sirena sabia y anciana;
quien le informa que la vida de los humanos es mucho más corta que la de
las criaturas de los abismos, cuya duración se estima en 300 años. Más
aún, le explica que cuando las sirenas mueren se transforman en la
espuma del mar, mientras que los humanos poseen alma y un destino
inmortal en el cielo.
Deseosa de compartir ese destino de
eternidad, la Sirenita se reúne con la Bruja del Mar, una especie de
espíritu acuático con poderes formidables. Ella le propone un pacto de
dudosos beneficios: la transformará en una mujer humana, pero si el
príncipe decide casarse con otra, morirá inexorablemente. Además, a modo
de adelanto, la bruja le pide solicita un sacrificio brutal: su lengua.
De este modo, mutilada en su esencia misma (la voz y el canto) la
Sirenita se arroja al mundo de los humanos dejando atrás su cola de pez,
sabiendo que sin ella jamás podrá retornar al medio acuático.
Pero conseguir un par de piernas es ligeramente más difícil que hacerse
de un alma inmortal. Esta -explica la Bruja- solo pertenece a los
humanos, y cualquier otra criatura debe ganársela mediante un beso. En
otras circunstancias, esto no hubiese sido un problema para la joven
Sirenita, desde luego, bellísima; pero despojada de su voz, y con dos
piernas que se sienten como dos espadas cortándole las caderas con cada
paso que da, el asunto se torna complicado.
El príncipe pronto
se siente atraído por esa joven de andar tambaleante. Goza enormemente
al verla bailar y saltar, y ella lo hace, a pesar del dolor insoportable
que esto le provoca. Sin embargo, tras un corto idilio, el príncipe
resuelve seguir los buenos consejos de su familia, y se casa con una
joven noble acorde a sus espectativas.
Sabiendo que esta
decisión la matará, las hermanas de la Sirenita le ofrecen una vía de
escape: un cuchillo mágico que le devolverá la cola de pez si con él
logra asesinar al príncipe y bañar sus piernas con la sangre de aquel.
Para conseguirlo, las cinco hermanas debieron entregar sus exubertantes
cabelleras a la bruja.
Es así que la Sirenita se acerca al
lecho de los recién casados con el cuchillo en la mano, llorando
silenciosamente por todo lo que ha resignado. El amanecer la encuentra
allí, llena de dudas e incertidumbres. Sabe que es incapaz de matar al
hombre que ama, y en consecuencia arroja el cuchillo y se lanza al mar,
que la recibe en su seno y la convierte en una espuma delicada y
fragante.
Pero no todo termina alli. La Sirenita pronto se
encuentra rodeada por los espíritus incorpóreos de incontables sirenas
muertas, condenadas a realizar salvatajes imposibles para suavizar los
tormentos que Dios, en su infinita sabiduría, ha depositado sobre todos
los que trastocan el orden natural...
Esta es la verdadera
historia de La Sirenita. Lisa, llana, y sin parábolas edificantes, solo
con la leve certeza de que hay fronteras que no deben cruzarse, ni
siquiera por amor. Todo lo demás se lo debemos al espíritu censor de los
juiciosos productores de cine.

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