Mi piel se ha tornado azul ante su exposicion a la noche. Mis pies están listos para buscarte, pero mi orgullo los ha encadenado al balcón desde el cual te sonreía cada vez que iba a abrirte la puerta.
Estoy desnuda en la oscuridad otra vez, muy débil, como un polluelo en la nieve.
Mis ojos destilan el amor del ayer que hoy ya no existe, desean verte por última vez para un último adiós, y mi propia garganta me ahorca y me deja morir lentamente, imposibilitándome esa despedida.
Mi mente naufraga en tu recuerdo, y no puedo escapar por mas que lo intente. Tú me trajiste aquí para abandonarme a mi suerte en esta isla desierta, donde cada paso es un puñal que me desgarra en mil pedazos, al pensar que soltaste mi mano hace tanto tiempo.
La desolación de mi espíritu esta al límite. Mi felicidad pasó del clímax a su repentina desaparición. Empieza a nevar siendo verano, pero sólo yo lo siento. Veo cómo cae nieve y cenizas que cubren lentamente mi cabello, sí, ése cuyo aroma te agradaba y acariciabas con la sutileza del vuelo de una libélula. De sólo recordarlo me derrumbo sobre el frío cristal de mis lágrimas congeladas por tu indiferencia, hasta convertirme en un rompecabezas imposible, esparcido en el suelo.
No importa qué tan larga sea la espera. De todas formas, no puedo continuar, pues me quedé petrificada en mis pensamientos, y me convertí en uno de ellos: En uno donde nada existió antes de ti, en uno donde eres soberano de un reino de puros "tú". En uno donde la historia se repite, pero contigo y tu intangible recuerdo. Llórame, tal vez aquello sea el hechizo que nos haga renacer.

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