
Mi nariz sigue helada como siempre, a pesar del enredo de una manta en mi cuerpo, los pies descubiertos, el alma en reposo.
Una parte de mí reacciona en medio de la densa oscuridad de la noche, la cual se convierte en una llanura que decido atravesar. Las cortinas rozan mi cintura como gigantescos pétalos al viento, y yo, la abeja obrera que busca polen para llevártelo a casa, en medio de la madrugada. No quiero soñar más contigo. Es bastante tortuoso hacerlo.
Entonces camino en la oscuridad, repentinamente oigo el lejano eco de un tren, grillos y risas casi ausentes al panorama silencioso. Me quedo en la ventana y observo la pista, la cual se llenó con tu gracia hace ya tanto tiempo, tanto que parecen décadas. Odio la inmortalidad.
Todo se ve naranja y negro. Y un poco gris. No hay otro color. Mi piel se torna anaranjada como hierro incandescente. Está tatuada con el roce de tus manos ásperas, que arrancaron mis ojos, mis manos, mi nariz, mis oídos y mi lengua. Todo es tuyo ahora. No siento nada más, sólo aquello que gira en torno a ti.
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