La vida es una serie de acontecimientos banales. No es más que un conjunto de percepciones en los que, para algunos, algo que es hermoso es, para otros, un calamitoso desastre. Estamos encerrados: La libertad no existe y es, nuestro cuerpo, nuestra principal cárcel. Recién fuera de él somos libres y, bajo esa premisa, lo único que puede liberarnos es la muerte.
La gente en su mayoría piensa que la muerte es algo triste. Piensa que perder a un ser querido es lo peor, lloramos por esas personas que se fueron como si no hubiera un mañana, y es verdad en cierto punto, pues ya no habrá un mañana en el que ellos nos acompañen. Sin embargo, estamos siendo egoístas. Estamos pensando en nuestro propio placer y bienestar, aquel que nos produce ver y tener cerca a esa persona. Nos olvidamos por completo de ella y no nos ponemos a pensar en su tan esperada libertad. Por fin ha alcanzado aquello que a nosotros nos toma toda la vida, aquello por lo que muchos haríamos lo que sea. Cuando un ser querido se va, trasciende. Ya no importa más lo que esa persona dejó atrás en el plano material, ahora sólo se ha convertido en esencia, una que es libre e inmortal tanto en lo terrenal como en lo desconocido. En lo terrenal se manifiesta a través de otras personas en el recuerdo. Un recuerdo, por más pequeño que sea, es aquello que da perpetuidad a lo intangible de aquel cuyo cuerpo expiró. Un recuerdo puede ocurrir al mismo tiempo en dos lugares distintos, y es allí cuando nos damos cuenta que la percepción de tiempo y espacio dejan de existir en la inmaterialidad del alma.
La libertad que la muerte nos propicia es hermosa, y es por ello que no debería ser algo de temer, o algo por lo que nos sintamos desconsolados, ya que si hablamos de un "difunto" no nos referimos más que al cascarón que encerró algo más que a un cuerpo: una esencia.

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