¿Qué hice para que ya no me quieras?
¿Fue quererte de más?
¿Fue destruir los muros de piedra en los que me encerré tantos años al venir tú a robarme el aliento cuando clavaste tu mirada en mi totalidad?
Yo sólo quise dar un paseo.
Maldito sea el día en que te encontré. Maldita sea la cerveza, tus anteojos y tu manera soberbia de caminar.
Maldito tu cabello, hebras resplandecientes de sol que llenaron el bar de mediodía, siendo yo la noche absorbente que siempre oscurecía todo a mi alrededor. Me dejaste ciega.
Malditas tus manos suaves y el olor del mar que trajiste desde tu morada. ¿No sabes que amo el mar? Sé que lo odias, pero para mí, eres parte de él. Me ahogué en tu cuerpo salado, pez de alma azul y carne blanca, con destellos dorados que brillaban a la luz de las velas mientras Gustavo Cerati nos cantaba desde un pequeño parlante melodías que bailabamos desnudos, uno sobre el otro, con oscilante elegancia y suavidad envidiada por mis propias sábanas que se dejaban caer al suelo.

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