
Qué fé habré yo de tener
si ese dios me dio soledad
y mi inocencia he yo de perder
al soportar toda esta maldad.
Y sufro,
y lloro,
y muero.
Qué triste la vida mía,
esperanzas echadas al hoyo
es una condena maligna
la que nos es dada a nosotros.
Y grito,
y corro.
No escapo.
Vive la desesperación,
miro al cielo y no hay nada,
cómo duele esta traición
en esta poesía pagana.
Y observo,
y busco.
No encuentro.
Es el lamento de un ángel
que se destila a través de mis ojos,
vertiendo todos los males
hasta carcomernos a todos.
Me duele,
me daña,
me mata.
La ausencia es todo un crimen,
la ausencia de felicidad,
y asi los recuerdos se visten
en presente de mediocridad.
Y peco,
y mato;
me voy.
Plegarias de un alma muerta,
doy cara sin existir
pues ya no habrá más reyerta
entre mi razón y mi sentir.
Y siento,
respiro
y exhalo.
las penas condenatorias
son casi una infinidad,
letárgica abrumadora
cual llanto de una deidad
Y caigo,
expiro,
he muerto.
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