jueves, 7 de enero de 2016
El mar
[*]Hay dos últimas mitades de durazno en el fondo de la lata de conserva. Están juntas, inertes y congeladas, como nosotros las últimas noches que dormimos juntos. El almíbar sobrante lo vierto en un vaso, le agrego vodka y agua. Bebo mi improvisado veneno mientras me asomo a la ventana, para ver con nostalgia el aburrido escenario de mi calle, iluminado de amarillo. Allá afuera, en la inmensidad, duermes. Sé que piensas en mí y no puedes dormir por mi culpa. Perdóname.
El mar. Tú eres como él, ya que no me quieres dejar ir: Me arrastras a ti y me tomas a la fuerza.
Pero, ¿Qué hago yo pensando en el mar si mi calle es lo menos marino que puede existir? Porque es, en momentos como éste, cuando te pienso: Ahora te siento como olas, como una gélida caricia de espuma en mis pies, como si invocaras al mismo Poseidón a mi morada, mis ojos se irritan con la sal de tus aguas y me ahogo en tu abrazo. Pero me gusta. Me gusta porque eres como el mar.
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