lunes, 2 de enero de 2017

El adiós asesino


No fui yo quien decidió irse, fuiste tú.
Dentro de mí sólo había estupidez, la cual llamo al mar de esperanzas en ti que contuve todo éste tiempo en el cual tu silencio fue la peor de tus ausencias.
Nuestra despedida fue tan violenta que aún puedo empuñar un cuchillo, e imaginar que lo entierro en uno de tus puntos débiles: tu estómago. Al mismo tiempo, mi llanto es inconsolable. Dejo caer mis lágrimas junto al cuchillo y camino de un lado a otro, buscando la manera en la que ya no necesite necesitarte.
Aún puedo sentir tu olor, o el olor de tu cuarto, junto a tu aliento mientras me hablas, sonriente.
Los recuerdos me abofetean con cada paso que caminé junto a ti, todos aquellos días en mis lugares preferidos, aquellos a los cuáles sólo tú me llevaste.
Aún mi tacto puede sentir todo de ti, aunque no te deje verme, aunque no me dejes tenerte.
Me voy dejando caer mientras evoco aquellas noches en la que me escabullía a tus escondites, para enseñarme constelaciones y hasta nebulosas mientras cerrabas las cortinas y prendías las velas. Los Días pasarán mientras te vas opacando y tal vez mi llanto cese, pero no mis ansias de tenerte una última vez.
Tu despedida no tuvo besos, sino disparos. Una traición que no será devuelta en perdón ni en compensación. A pesar de lo mucho que te odie, mi corazón se quedó en todos nuestros suspiros compartidos, junto a tu pipa y tus libros.
Nunca te olvidaré.

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