domingo, 22 de enero de 2017

No soy como ella


No verás fotos mías como las de ella, con una radiante sonrisa y vestida de cerúleo, con el peinado pulcro y ordenado que hace juego con unos ojos delineados milimétricamente.
No me verás caminar con la misma gracia con la que ella lo hace, en medio de una sinfonía de tacones y gasa al viento, mientras sus lentes de sol cubren unos ojos de párpados dorados y brillante rímel.
En su bolso de piel encontrarás perfumes, cremas y paletas de colores que nada tienen que envidiar al arco iris.
Ella siempre muestra sus dientes perlados al mundo, su mirada es cándida y sus gestos, tan suaves como la caída de los pétalos de las rosas. Nunca la escucharás decir groserías, ni veras palidez en sus labios carmesí.
Sé que te encanta, y morirías por un beso suyo.
Lo que no sabes es que, para ella, tú sólo eres un admirador más en su vida, una en la que sobran caballeros que no son merecedores de su perfección.
No te engañes a ti mismo, amigo, que ella no muere por ti. Quien lo hace, es la otra chica, sí, la que ves allá, mientras ella te devuelve una mirada de odio mientras fuma un cigarrillo y echa todo el humo por la nariz.
Su odio o, mejor dicho, mi odio, no es más que la máscara que impide que descubras  la vida entera que yo daría por ti, pero tú no me miras, ni me percibes en lo más mínimo, y es que yo nunca sonrío.
Siempre estoy despeinada, mis uñas barnizadas de negro y descascaradas, con esos raídos jeans vaqueros, las converse rojas y la camisa leñadora que cubre sutilmente mis tatuajes y la remera despintada de los Ramones. Tal vez nunca porte en mi morral  ni un sólo perfume, ni maquillaje o cremas faciales, pero llevo siempre un reproductor de música con todas las canciones que me hacen recordar a ti y al amor que jamás sentirás por mí.

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