sábado, 30 de septiembre de 2017

Ojos del bosque



I.
Cuando el viento calla, la neblina despierta con el brillo del sol y me sonríe, de manera similiar a como tú lo haces conmigo.
Camino rápidamente, hasta llegar al trote. Bailo al compás de mi libertad, atravesando fuego y humareda mientras el canto de la lujuria adorna mi andar, y hace cosquillas en mis oídos; pero intempestivamente me detengo ante ti. ¿Por qué lo hice?
¿Qué tienes tú para que yo salga de mi erótico trance, de entre demonios desnudos que impidieron mi infelicidad tras un oleaje de desesperanza?
¿Qué tienes, que me sometes a tu presencia y no puedo continuar siendo libre, pero sin cortar mis alas o atar mis pies? ¿Por qué me detuviste?
Y es allí cuando me di cuenta, cuando por fin me cansé de contener la respiración como solía hacerlo para dar pase a más orgasmos. Dejé de hacerlo para llenar mis pulmones de ti y tu olor a cigarro. Así logré observar fijamente hacia mi propia perdición: tu mirada.

II.

Tus ojos son el bosque: no necesita haber un incendio forestal para arder, para callar al viento o encender al sol.
Ojos del bosque, que me atrapan en una jaula de selva virgen y domaron mi caminar irrefrenable por senderos subrepticios, jalando mis cabellos hasta arrancármelos, junto al descontrol de mis noches sodomitas.
Yo, obediente, me postro ante ti, junto las piernas y peino mi melena. Soy ahora una dócil muñeca de porcelana, pues me tienes bajo tu mando y tu mirada.

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