Sol mío, que enciende mis tardes con el frescor de una mirada dorada, atravesando ventanas invisibles en mi pecho para reposar el él, embriagándome de tu recuerdo.
Calmas mi sed y mi abstinencia al unísono en el que tu cabellera de roble roza mis mejillas, en cuanto apago las luces.
Podría dejar que tus manos paseen en mí, hasta borrar mi cuerpo del mundo real y llevarme a lo más intrínseco de tus deseos.

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