Mi rostro está lleno de arrugas que representan el llanto de ayer, los malos momentos que alguna vez atormentaron mi vida; la depresión y las cápsulas que irritaban mucho mi estómago, con la promesa de hacerme sentir mejor. Nunca me hicieron sentir mejor.
Mi corazón yace vivo en un rinconcito de mi habitación, bastante tranquilo y sobrio, a pesar de parecer más una desagradable masa sanguinolenta, llena de costuras y cicatrices. Recordé que estuvo hecho mierda muchas veces; era comprensible que se haya deformado con el paso del tiempo, pero seguía palpitando con mucha vitalidad y al unísono con el reloj.
Pensaba en él muy seguido, estaba empezando a invadir mi mente como aquellos amores de antaño por los cuales me obsesionaba con amar, pero a él no quería amarlo, y esa era la gran diferencia. Yo sólo quería tocarlo, quería saciar mis instintos más bajos y libidinosos con él. Sólo quería que fuera mío por un breve instante, quería que se retorciera de placer mientras lo cabalgaba al compás del titileo de las velas. Quería que intentara arrancar mi cabello, que me mordiera, que apretara muy fuerte la cima de todas mis curvas y se alimentara de cada centímetro de mi cuerpo. Es en esos momentos que siento cómo un riachuelo de fruición hace cosquillas entre el candor de mis muslos y lo dejo ahí, como un breve escape de la aburrida rutina que es esperar a mi amado.

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