La soledad.
La soledad, el sentirse solo, desprendido del mundo y ajeno a sí mismo, separado de sí, es una característica que comparten todos los seres humanos. Todos los hombres, en algún momento de su vida, se sienten solos; y más: todos los hombres están solos. Vivir es separarnos del que fuimos para internarnos en el que vamos a ser, futuro extraño siempre. La soledad es el fondo último de la condición humana. El hombre es el único ser que se siente solo y el único que es búsqueda del otro. Su naturaleza consiste en un aspirar a realizarse en otro. El hombre es nostalgia y búsqueda de comunión. Por eso, cada vez que se siente a sí mismo se siente como carencia de otro, como soledad.
La soledad, el sentirse solo, desprendido del mundo y ajeno a sí mismo, separado de sí, es una característica que comparten todos los seres humanos. Todos los hombres, en algún momento de su vida, se sienten solos; y más: todos los hombres están solos. Vivir es separarnos del que fuimos para internarnos en el que vamos a ser, futuro extraño siempre. La soledad es el fondo último de la condición humana. El hombre es el único ser que se siente solo y el único que es búsqueda del otro. Su naturaleza consiste en un aspirar a realizarse en otro. El hombre es nostalgia y búsqueda de comunión. Por eso, cada vez que se siente a sí mismo se siente como carencia de otro, como soledad.
Al nacer, rompemos los lazos que nos unen a la vida ciega que vivimos en el vientre materno, en donde no hay pausa entre deseo y satisfacción. Nuestra sensación de vivir se expresa como separación y ruptura, desamparo, caída en un mundo hóstil o extraño. A medida que crecemos, esa primitiva sensación se transforma en sentimiento de soledad. Y, más tarde, en conciencia: entramos a traspasar nuestra soledad y a rehacer los lazos que un pasado paradisíaco nos unían con la vida. Todos nuestros esfuerzos tienden a abolir la soledad. Así, sentirse solo posee un doble significado: por una parte consiste en tener conciencia de sí; por la otra, en un deseo de salir de sí. La soledad, que es condición misma de nuestra vida, se nos aparece como una prueba y una purgación, a cuyo términodesaparecen la angustia y la inestabilidad.
La plenitud, la reunión, que es el reposo y dicha, concordancia con el mundo, nos esperan al fin del laberinto de la soledad.
El lenguaje popular refleja esta dualidad al identificar la soledad con la pena. Las penas de amor son penas de soledad. Comunión y soledad, deseo de amor, se oponen y complementan. Y el poder redentor de la soledad transparenta una oscura, pero viva noción de culpa: el hombre solo "está dejado de la mano de Dios". La soledad es una pena, esto es, una condena y una expiación. Es un castigo, pero también una promesa del fin de nuestro exilio. Toda vida está habitada por esta dialéctica.


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