por tus venas está la pregunta
de si volverás a ser tu mismo,
mientras la melomanía te consume,
y el amor frustrado te venda los ojos,
mientras expiras la amargura
que te da la insignificante duda,
sin dejarte vivir en paz,
en medio de la niebla vez el cielo
lo pintas con los dedos sobre un tul
y sonríes imaginando ser quien no eres,
el superhéroe de una tira cómica,
una nube blanca en medio de mil negras,
o una gota de sangre en la nieve.
Si te concentraras al ver el suelo
verías que en él no sólo hay arena,
o tierra,
o cemento,
verías que hay un universo entero,
aquel que curiosamente verás
con mayor claridad a tu alrededor,
la paz es oscura realmente,
no hay luz y tus ojos pueden descanzar,
luego de observar el tumulto
de sanguinolentas almas consumidas
de niños que no pueden sonreír,
ancianos que lloran de alegria
al ver que la muerte se aproxma a ellos
con su nigérrima túnica,
soldados derrotados
cuya única esperanza se disipó
y fue reemplazada por una inmensa desolación,
animales hambrientos,
tardes muertas y mañanas secas
al borde de un abismo te sitúas,
tan inmenso que no piensas
en alguna cosa más grande posible,
lentamente extiendes los brazos
a ambos lados como alas,
te dejas caer,
pero es una caída que duele,
cada obstáculo con el que chocas,
cada golpe de las ramas,
tanta presión de aire en tus pulmones,
sólo deseas morir
o finalmente ternimar la caída,
caer en algún suelo frío,
con un seco golpe de piedra,
cerrar antes los ojos
para no ver el vacío del mundo
después de la muerte,
y luego pregúntate a ti mismo,
¿Por qué te dejas caer
si luego tendrás que volver a subir?
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