No cabe duda de que es de mente demente, o demente de mente? Cuando quieras puedes visitar al señor de orejas grandes, a menos que huya. El señor cuyos ojos destellan como rubíes asesinos, desechando toda esperanza de inocencia. Alicia, no vayas por allí, que puedes salir lastimada. Pero ella quiere salir lastimada. Quiere probar aquellos hongos que la hagan sentirse más pequeña, y entrar por aquella puerta por la que huyó su misteriosa víctima. Ella no se reduce, pero sí su cerebro. Da vueltas después del "trip" y siente que es microscópica. Limpia su nariz bruscamente y sigue su camino.
Se oye un xilófono. Un sonido dulce, pero ella lo oye terrorífico. Quizás tuvo un mal viaje.
Y el azul personaje de curiosa flacidez se le presenta. Alicia se siente excitada con su fálica figura. Es extrañamente curioso el efecto de ese diminuto champignón.
- Cof, cof...
Alicia se ve rodeada de blancos fantasmas que salen de la boca de la oruga al aspirar de aquella extraña pipa, cuyo nombre exacto desconozco.
- ¿Donde encuentro al señor conejo?
- Lejos de aquí. Muy pero muy lejos de aquí.
Ella se fue directamente a un llano tallo de floripondio, para bailar en él, como toda una puta.
La oruga ríe al verla bailar torpemente. Y ella desaparece en su zigzagueante rumbo. ¡Cómo extrañaba al conejo! de hecho, ella amaba su presencia. sus ojos rojos. Y su obsesion con el tiempo.
Y vio a otro amigo, cuyo sombrero no ocultaba sus ojos saltones y sus guantes, sus manos exageradamente temblorosas. Y la liebre, la mascota que lo acompañaba, la vio limpiarse la nariz con violencia y se dio cuenta de lo que ella quería. Entonces tomaron el té, bajo los aromáticos floripondios y hermosas amapolas en su jardín delicioso. Poner un dedo sobre el azúcar que cayó en la mesa y chupar el dedo era una manía. así como su fama de cocainómana. Alicia continuo por el sendero, luego de tomar el té, y atravesó dominios prohibidos. Y fue allí cuando esa mujer vestida de rojo, que era la máxima autoridad de las maravillas, le cortó la cabeza. Desde el suelo miraba Alicia. Sin poder moverse, pues cuerpo le faltaba. Sentía cómo éste, lejano, se atragantaba con la sangre, y moría. Su cabeza aún viva, y sus ojos desorbitados gritaron a la bruja la devolución de su cuerpo. La reina de corazones se agachó ante su cuerpo y con sus manos acarició la suave espalda de la muchacha. La miró con deseo. Con perversión y lujuria. Y el señor conejo no volvio. Se fue para siempre.
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