
Se desfazan las manecillas del reloj y me quedo a tientas bajo luces de velas, mientras la cera caliente cae en mis brazos bronceados por este maldito verano que no me permite ir a buscarte con mayor sigilio. Como una detective en búsqueda de un peligrosísimo asesino en serie, el cual me detiene el pulso con tan solo mirarme. Mis ojos estan rojos como los tuyos, pero no con las pupilas dilatadas y, sin más que decir, camino de regreso creando un riachuelo más entre tu casa y la mía. Uno que el sol maldito secará y reflejará la luz de la luna. Tanto que querías tenerla a tus pies, allí te la dejo, reflejada en el piso al menos esta noche.
El tráfico de cucarachas y sinfonía de grillos me acompaña en mi soledad infinita. Al menos estos horrendos personajes no hacen daño. No hacen daño como tú y tu insana hermosura...
Es increíble ir a buscarte estando tan cerca y no poder encontrarte en tan solo unos metros de distancia. Dentro de una cueva te confundes con miles de murciélagos de entre los cuales no puedo distinguirte, porque todo está oscuro. Oscuro como tus ojos. Pero no es ya esa hermosa oscuridad que había cuando me mirabas atentamente al escucharme hablar nimiedades. Ahora es la penumbra total. Sin luna. Sin azul. Nigérrima.
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