
Poco a poco me iba desvaneciendo, y me escondí en una cueva de granito que encontré en mi camino, cuyos habitantes fueron acogedores en todo aspecto. Una estalactita cayó en mi muerto cráneo, y mi cabeza se fue hacia atrás, donde por fin te pude ver.
Eras el ser mitológico más radiante en aquel desolado lugar. Hermoso. Tus cabellos caían sobre mí y su aroma me hizo elevarme. Me dio alas que me llevaron a ti y tomé tus manos ásperas para besarlas e idolatrarte como a una divinidad. Tu mirada de onix penetró hasta mi sexto sentido que en tu tacto fue como la transpiración de las nubes. Algodones celestes entre tus brazos al compás de la percusión de tu pecho. Bellos momentos a tu lado que ocultaba un humo extraño. Verde. Y empezé a odiar el verdor.
(Continuará, tengo sueño...)
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