
Cuando vino la bestia y despiadadamente arrancó mis entrañas, la única tibieza fue la de mi sangre que fluía por entre mis senos, y se congelaba a cada centímetro de deslíz por mi cuerpo. Días fatales. Días en los que muerta estaba, destrozada por dentro. Pudriéndome como un eterno cadáver que aún conservaba algo mínimo de existencia, como el polvo de sus huesos. Un cráneo vacío y sin entrañas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario